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En Galicia se admira su lucha contra la drogas, pero el fin no justifica los medios
EL juez Garzón, tan famoso en Galicia por el caso «Nécora», donde persiguió el narcotráfico, ha resultado condenado por el Tribunal Supremo a una pena de once años de inhabilitación.
Todo un símbolo del final de toda una etapa del Régimen y de su forma de ser entendido por cierta izquierda. Un poco de memoria histórica sui generis: en la desmesura de la peripecia Garzón podemos descubrir también la de un entorno histórico que acaso explique muchas de las cosas que nos pasan. Y en su evolución, la de las últimas décadas de la Historia de España. De lo que ha podido ser y desgraciadamente no ha sido. Pero, ¿cuándo se nos estropeó el invento? Y, ¿por qué?
Es sabido que Garzón procede de extracción social muy humilde lo que da mucho más mérito a su lucha contra las dificultades para prosperar y abrirse camino en la vida. El niño Baltasar que hasta los once años a veces iba descalzo a la escuela, que cuando tenía que ir al médico a la capital se buscaba entre sus primos quien le dejara un par de zapatos, no se acobardó y luchó valientemente, empleó con éxito las posibilidades que el régimen del malvado caudillo ofrecía a los niños de familia humilde, pero valiosos y competentes, para estudiar y prosperar en la sociedad española y luego terminó meritoriamente la carrera de Derecho y se hizo juez.
Todo un ejemplo de éxito de la política pro igualdad de oportunidades que no debe desperdiciar ningún talento por razones económicas. Pero el niño Baltasar no olvidaba. En un lugar de su corazón permanece el resentimiento genético por las viejas injusticias sociales. Un drama personal al que no resulta ajeno el de muchas personas del peculiar socialismo hispano. Gentes que prefieren mirar hacia atrás que no mejorar el presente y contribuir a un mejor futuro. Como juez de la Audiencia tiene oportunidad de mejorar su autoestima y la propia estima social. Y lo hace a su manera, si no con galanura, fineza y precisión jurídica, sí con valentía. No se arredra cuando se encuentra un gato muerto en su cama. Es aplaudido. En Galicia se admira su lucha contra la droga. Se genera un movimiento ciudadano. Los media reconocen y valoran esos intentos. Ahí estaba el súper juez defendiéndonos de narcos y etarras.
Un juez debe servir a la Ley como instrumento material de la Justicia. Como «El buen juez» del famoso relato azoriniano a veces cabe el descargo de conciencia para tratar de servir a la Justicia superando la literalidad de la letra, la materialidad de la Ley. Pero debe su autoridad al respeto de la Ley. El fin no justifica los medios. Cierta izquierda española lo obvia: el sueño de la Transición produce monstruos. La condena del Supremo es un «test de calidad y fatiga» a cierta izquierda del Régimen. Estamos al final de un ciclo histórico.




