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Baltasar Garzón siempre fue el «juez estrella». El «juez vedette» que durante casi 25 años ha monopolizado casi a diario los arranques de los telediarios y las portadas de los periódicos, y que ha cultivado una imagen dicotómica y generadora de alabanzas y odios, en función del criterio que, como juez, se han formado de él partidarios y detractores. En ambos casos, contados por legión.
Capaz de investigar simultáneamente numerosas causas desde la visibilidad nacional e internacional que le confería el escaparate del Juzgado de Instrucción 5 de la Audiencia Nacional, Garzón se caracteriza por no haber dejado nunca indiferente a nadie. Bien porque se acostumbró a acaparar de modo hiperactivo sumarios a partir de indicios discutibles y en numerosas ocasiones al filo de la navaja procesal, lo que le ha costado severas desautorizaciones de instancias superiores y sonados revolcones profesionales por trabajar en el límite del Derecho Penal; bien porque ha sabido granjearse una cotizada admiración como un fajador de los derechos humanos y las libertades públicas, bajo la imagen de «justiciero» universal e infatigable látigo contra la corrupción, el narcotráfico, las dictaduras y el terrorismo.
Siempre polémico, a menudo conflictivo, y ahora castigado como un juez prevaricador —desde ayer sin el recurrente «presunto»—, Garzón impulsó su carrera desde 1988, cuando fue nombrado magistrado en el Juzgado Central de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional.
«Dos» del PSOE por Madrid
Azote de ETA y de su brazo político —como muchos otros jueces y fiscales de la Audiencia—, del narcotráfico internacional o de la «X» de los GAL, también fue el juez ubicuo de la «memoria histórica» que quiso «juzgar» a Franco; el de la «operación Gürtel» contra el PP; o el que impulsó el arresto de Augusto Pinochet en Londres, generando un complejo conflicto diplomático que alimentó su fama más allá de nuestras fronteras.
De origen humilde e hijo de un empleado de gasolinera (nacido en Torres, Jaén, en 1955), Garzón se licenció en Derecho en 1979 para aprobar las oposiciones dos años más tarde, con el número 11 de su promoción.
Entre sus primeras causas instruidas contra ETA figuran la del atentado contra el convoy de la Guardia Civil en la plaza madrileña de República Dominicana; la de los comandos culpables del asesinato de la etarra arrepentida Dolores González Catarain, alias «Yoyes»; o los asesinatos de los militares Carlos Besteiro y Ricardo Sáenz de Ynestrillas. En 1989 fue el primer magistrado que se desplazó a Francia a interrogar a etarras. En 1992 interrogó en París a la cúpula etarra desmantelada en Bidart. Todos eran casos de enorme repercusión en una España que empezaba a asentarse en su periodo postransición.
En los inicios de los noventa, el narcotráfico se sumó a la carpeta de los «casos estrella» de Garzón, dirigiendo espectaculares operaciones como la «Nécora», «Pitón», o el desmantelamiento de la Unidad Central Antidroga de la Guardia Civil (Ucifa).
Pero en 1993, Garzón dio una efímera vuelta de tuerca a su carrera cuando decidió que sus siglas políticas serían las del PSOE, como independiente. Fue el fichaje estrella —cómo no—de un Felipe González que ganaría sus últimas elecciones con Garzón de número 2 en su lista por Madrid.
En su polémico reingreso a la Audiencia Nacional, Garzón decidió que tras las siglas «políticas» del PSOE, era hora de las «judiciales» del GAL. Se le atribuyeron unas ansias de venganza contra González por no haber sido nombrado ministro: en 1991, reabrió el «caso Amedo», y en 1994 se hizo cargo de un sumario que estaba a punto de prescribir, «caso Segundo Marey», por el cual acabarían en prisión el exministro José Barrionuevo, el exsecretario de Estado Rafael Vera, y el exdirector de la Policía Julián Sancristóbal. Era septiembre de 1998. El caso por las irregularidades de la Expo de Sevilla también llegó a sus manos, aunque acabó archivado.
Durante los años siguientes, Garzón siguió acumulando casos estrella como si la arquitectura judicial de España pasara siempre por su toga. El entorno de ETA centró su actividad: clausura del diario «Egin», «red de Herriko-tabernas», KAS, Xaki, EKIN, Segi, Jarrai...
Pero España no era suficiente para Garzón. E octubre de 1998 impulsó la detención de Pinochet en Londres. El juez español se había hecho cargo de la investigación de los desaparecidos españoles durante la dictadura argentina y chilena. Garzón daba una vuelta más a su currículo en el ámbito de la «justicia universal». Sin embargo, y tras un tenso año y medio, el gobierno británico denegó su extradición y liberó a Pinochet. Fue un primer gran revés para el juez estrella español.
El «caso Lino» (2001-2007), por el cual se imputó a la exministra de Agricultura popular Loyola de Palacio y otras 61 personas, fue otros de sus reveses. Finalmente no había delito. La figura del Garzón más político volvió a surgir al rebufo del «No a la guerra» de Irak en 2003.
Tras su excedencia en Estados Unidos (2005), el juez Garzón se metió de lleno en en la polémica de la autoría de los atentados del 11-M. De nuevo se situaba en el centro del titular. También instruyó el caso de «Fórum Filatélico». El chivatazo del «Faisán», la investigación de la «memoria histórica» y la «operación Gürtel» fueron otros de sus últimos casos.




