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Galicia / a contracorriente

¿Otra escuela es posible?

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Con esta sentencia, una ínfima minoría consigue asidero legal para librarse de colegios e institutos

Día 10/02/2012

ACASO se hayan enterado: un reciente auto de un tribunal de Coruña absolvía a una familia del delito de abandono infantil, del que la fiscalía la había acusado a cuenta de que no enviaba a sus hijos al colegio. Para el juez, los padres ya estaban cumpliendo sus obligaciones educativas al hacerlo en casa. Según esto, la educación obligatoria no implica la escolarización forzosa.

La sentencia, desde luego, ha sido protestada por los sospechosos habituales. Para ellos, educar es ante todo socializar. Los conocimientos son secundarios. Para algunos teóricos, apenas excusas. El que esta socialización se convierta en pesadilla de muchos —y tedio para casi todos— no cambia nada. Añaden, entre líneas, que con esto nuestros chavales se preparan para la dura vida que les aguarda.

Gracias a esta sentencia, una ínfima minoría consigue asidero legal para librarse de colegios e institutos. Y sin embargo, incluso aquellos que la saludan siguen participando de la acendrada lógica: o casa o colegio; tertium non datur, no hay término medio. Aceptan así el caduco modelo del sistema educativo actual: el de la escuela pública (aunque sean privadas, las escuelas están reguladas hasta el mínimo detalle) obligatoria y comprehensiva (todos juntos y a la vez).

Es curioso la buena prensa que tiene este concepto. Es una de las ventajas del sistema: como el estado disfruta de facto del monopolio de la educación, nos ha enseñado durante décadas que este modelo surgió de la esperanza de educar y culturizar a toda la población. Y que sus ideólogos fueron intelectuales progresistas preocupados por liberar a las masas de su ignorancia y pobreza.

La historia crítica sabe que todo esto es propaganda. Detrás de la educación general obligatoria se hallan intereses bastante prácticos: militaristas prusianos, jacobinos franceses, industriales ingleses, plutócratas americanos. Todos ellos impulsaron la educación pública buscando soldados que supieran leer y escribir, pueblos unificados para la libertad de mercado, curritos capaces de estar quietos y obedientes nueve horas al día, felices consumidores de cachivaches. Avances todos que no hubieran sido posibles sin la educación pública obligatoria.

El problema del modelo actual es que fue diseñado ya hace 100 años, siguiendo el que estaba en boga por entonces, el de la fábrica taylorista: división rígida de horarios, especialización de saberes, producción en masa, homogeneización de resultados. ¿Las consecuencias? Bajada constante y pertinaz del nivel educativo entre nosotros. Frustración perpetua de todos aquellos que participan del modelo, y que se estampan contra la pared en sus ilusos intentos de reforma. No les critiquemos: son buenas gentes que nunca se han atrevido a pensar que otra educación es posible.

Si solo hablamos de esporádicos alumnos, la sentencia de Coruña no pasaría de anécdota. Si se convierte en germen de una forma de educar que escape a la escuela-fábrica-prisión de cuatro paredes y elevadas rejas sería el principio de la imprescindible liberación de la enseñanza.

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