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Dentro del siglo XX podemos considerar a Lucian Freud un clásico, porque solamente se dedicó a la pintura al óleo, como los maestros antiguos, y a lo figurativo. Se detiene filosóficamente en la materialidad de la realidad, de la vida, de una forma obsesiva. A pesar de que se le ha relacionado siempre con la figura de su abuelo, Sigmund Freud, su personalidad es completamente distinta. Está más allá de la psicología. Tenía obsesión por dominar la materia: ser capaz de reflejar la realidad con un solo pigmento. El tema de sus obras no le planteaba ningún problema. «Cualquier cosa puede serlo», decía. Nunca hay figuras en movimiento en sus pinturas. No son seres atormentados. El tormento lo ponemos nosotros. Era un gentleman, una figura notable por su elegancia, por su timidez, por su atractivo. Era muy especial. Aunque la suya es una pintura puramente de la carne, tiene un colorido muy tranquilo (grises, cremas, colores palidos), muy distinta a la pintura agresiva, desde el punto de vista del color, de Francis Bacon. Ambos fueron amigos, pero muy distintos. En 2015, el Prado le dedicará una exposición a Lucian Freud, en la que lo confrontará, no directamente, porque él no quería, con las obras de los maestros antiguos, en cuanto a grandeza, minuciosidad, belleza de la superficie...



