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Ante la brutal represión ejercida por las fuerzas sirias, la presión internacional contra el régimen de Bashar al-Assad no deja de aumentar. Ayer, España, Francia, Italia, Bélgica, Holanda y los países árabes del Golfo retiraron a sus embajadores en Damasco. Un día antes el Reino Unido decidía adoptar la misma medida y EE.UU. cerraba su Embajada.
El paso dado por Francia es tal vez el más significativo, dada la especial relación entre este país y su ex colonia, que ahora es de plena y abierta beligerancia contra Al-Assad. España llamó a consultas al embajador y convocó al representante de Siria en Madrid. Aunque la Embajada de nuestro país en Damasco permanece abierta.
Muy contundentes han sido los seis miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos), que han anunciado la expulsión de los embajadores sirios de sus respectivos países.
Para seguir estrechando el cerco, la UE ha comenzado a considerar la aplicación de una nueva ronda de sanciones, que incluirían el bloqueo de las transacciones del Banco Central de Siria y de la exportación de fosfatos, diamantes, oro y metales preciosos.
Sin estrategia
Pero más allá del aislamiento del régimen, la comunidad internacional sigue buscando una estrategia clara para hacer frente al régimen. La Casa Blanca ha anunciado que mantiene «todas las opciones abiertas». Lo que, en principio, podría abrir la puerta a la entrega de armas a la oposición. Pero esta no parece todavía una opción realista. Ayer, la Casa Blanca se limitó a señalar que solo «estudia el envío de ayuda humanitaria».
En el frente más amistoso con Damasco, Rusia y China también mueven sus piezas para evitar el deterioro de sus relaciones con el mundo árabe. El Gobierno chino ha anunciado que está sopesando nombrar a un enviado a Oriente Próximo para discutir la crisis en Siria. Un enviado que «jugaría un papel proactivo y constructivo para presionar hacia una resolución política de la cuestión siria», aseguró el Ministro de Exteriores chino, Liu Weimin. «Creemos que los países árabes pueden seguir el camino que han elegido para sí mismos y tener paz, estabilidad y desarrollo con la ayuda de la comunidad internacional», insistió, sin poder evitar que asomase su inquietud por la animadversión que pudiera suscitar la actitud de Pekín en el mundo árabe.
También la diplomacia rusa muestra su preocupación por el deterioro de sus relaciones con los países árabes que podría provocar su defensa del régimen de Al-Assad. Así lo expresó ayer el embajador de Rusia ante las Naciones Unidas, Vitali Churkin, quien señaló: «Parece que hay quienes están interesados en envenenar las relaciones de Rusia con el mundo árabe», subrayó.
En su visita ayer a Damasco, el ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, se mostró comprensivo, aunque no por ello dejó de presionar sutilmente: «Cada líder de cada país debe ser consciente de su parte de responsabilidad. Usted es consciente de la suya», señaló Lavrov a Al-Assad, lo que ha sido interpretado como un fino intento de animar al presidente sirio a que ponga fin a la violencia antes de lanzar una nueva Constitución o de adoptar las medidas políticas que permitan encontrar una solución a la crisis.
Pero el caso es que, pese a tanto baile diplomático, la situación en el país no deja de empeorar. Al menos veintitrés personas (trece de ellas en la castigada ciudad de Homs) murieron ayer a manos de las fuerzas de seguridad, según los Comités de Coordinación Local, la plataforma que la oposición que organiza las protestas en el interior de Siria. De acuerdo con estos activistas, seis civiles fueron abatidos en Madaya, en el extrarradio de Damasco, junto con dos en Idlib, uno en Aleppo y otro en Dara. El ejército continuó bombardeando Homs, especialmente el barrio de Baba Amro. El número de muertos en esta localidad supera los trescientos desde el pasado viernes.








