Galicia

Galicia / a contracorriente

La nueva arqueología

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Día 08/02/2012

VARIOS periódicos comentan sorprendidos la próxima publicación de una tesis del joven arqueólogo gallego Xurxo Aldán, con la que rompe los viejos tópicos sobre la prehistoria de nuestra tierra. Los lectores de esta columna estarán menos sorprendidos. Ya hemos explicado aquí esta idea: la Galicia prerromana era heterogénea, y los celtas galaicos, en caso de haberlos, eran minoritarios. Aldán explica también que la Galicia prerromana estaba más avanzada que lo que creíamos —aquí había llegado ya la influencia mediterránea— y que los castreños desarrollaron una arquitectura monumental a la vanguardia de su tiempo.

Algunos diarios muestran cierta sorpresa por la tergiversación que sufren los libros de texto al tratar este tema. Uno de esos periódicos sabe a quién culpar, al inevitable Francisco Franco, que gustaba de imaginar a los gallegos antiguos como altos y rubicundos. Idea absurda, pero tal es la demonología surgida en torno al dictador que ciertas gentes citan su nombre cuando quieren un chivo expiatorio a quien culpar de cualquier cosa. Y es cierto que algunos sectores del franquismo era celtófilos. Frente a esto, hay que recordar que el nacionalismo ha achacado al franquismo lo contrario, querer acabar con el celtismo gallego. Y que, para ello, el régimen se había valido del catedrático de prehistoria en Santiago, Carlos Alonso del Real, camisa vieja de la Falange, y quien, según fama, afirmaba que «en Galicia los únicos celtas que hay son los celtas cortos».

El origen del mito celtista es muy otro, y muy conocido. Los primeros galleguistas, lectores de Gobineau —el creador del «racismo científico»—, querían hacer valer la superioridad racial de los gallegos sobre el resto de España. Galicia pertenecía a la España aria frente a la España semita. Reactualizaban así viejo mito casticista que separaba a las dos Españas: la del norte era cristiana vieja, la del sur estaba repleta de conversos de origen judío y árabe. Por ello, la tradición situaba a los gallegos entre los pueblos «limpios de sangre». Un curioso ejemplo: cuando Góngora visitó Galicia, dejando a su paso poemas satíricos («mozas rollizas de anchos culiseos»), Quevedo, cristiano viejo de origen montañés, sintió la obligación de replicarle «que, como toda (Galicia) es limpieza/ toda junta te dio enfado». Este viejo mito fue modernizado por Murguía y los suyos. El celtismo les sirvió de excusa para justificar la singularidad de Galicia dentro de España. Como dijo Pondal a su acostumbrado modo: «Nos somos dos celtas, vos dos vagos xitanos».

Bienvenida sea pues la tesis de Adán y, sobre todo, la discusión pública al respecto. Y no porque ponga en duda el mito céltico, sino porque sitúa la discusión donde ha de estar: entre arqueólogos, y no entre eruditos y poetas buscando excusas para justificar su racismo.

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