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Dickens, cuyo bicentenario (Landport, Portsea, 7 de febrero de 1812) se cumple ahora, resulta casi un desconocido para buena parte de los jóvenes gallegos. Acostumbrados a los autores del terruño, sobre todo si son localistas cuando no meros ombliguistas, ya parte de la gran literatura española les es ajena, cuánto más la inglesa.
La propia Pardo Bazán, tan extraordinaria crítica y cronista de toda una época de la novela europea, dedica mucho más atención a la literatura rusa o francesa que a la inglesa. Consideraba que «desde su misma cuna dominan en la novela inglesa tendencias utilitarias que la atan al suelo y le impiden volar por los espacios sublimes»… En relación con el naturalismo inglés explicaba que «Dickens no temió, en la entonada nación inglesa, descender al estudio de las últimas capas sociales: ladrones, asesinos y mendigos… Hay en los novelistas ingleses, por muy realistas que sean, propósito moral y decente, empeño de convertir y corregir, afán de salvar al lector no del aburrimiento, sino del infierno… Y les roba aquella serena objetividad necesaria para hacer una obra maestra de observación impersonal, según el método realista… parte es problema del público inglés que pide incesantemente novelas y no de las que saborea a solas en su gabinete el lector sibarita…».
Ahora que el nuevo ministro Wert pretende revisar la llamada Educación para la Ciudadanía, o que la Xunta —como no hay un duro y no queda más remedio que ahorrar— liga la educación al nacionalismo, conviene recordar las obras y las figuras de ciertos auténticos maestros educadores de la ciudadanía. Unos tiempos en que curiosamente no había Estado de Bienestar, ni menos internet ni san Google, y los humanistas trataban de crear opinión con recursos de comunicación como la novela por entregas, como de modo tan lúcido explicaba doña Emilia.
La propia peripecia vital de Dickens podría ser la de un personaje de su obra. Hijo de un funcionario derrochador y encarcelado por deudas, nieto de criados en la rígida sociedad inglesa, tuvo una infancia amarga que no desconoció el trabajo manual. Comenzó su vocación de escritor como cronista de tribunales y su reconocimiento público cuando fue invitado a escribir una obra de humor: Documentos póstumos del Club Pickwick. Publicada por entregas, pinta una galería de personajes notables. Uno de los logros principales de Dickens, su galería de tipos. Luego otras muchas más y su autobiográfica, David Copperfield. Ejerce la crítica del sistema judicial en Casa desolada. En Tiempos duros trata de modo más preciso la llamada entonces cuestión social o cuestión obrera con la descripción de una huelga.
Pero acaso la principal lección de la educación de la ciudadanía de Dickens es que pese a todo se debe mantener la voluntad de que la dignidad humana prevalezca. Que la tiranía es el gobierno de la injusticia sostenido por la fuerza. Que la autoridad legítima es la que reconocida legalmente por la sociedad contribuye al bien de ella. Y que no hay que doblegarse. No hay ciudadano bajo el despotismo, ni ciudad para los esclavos. A explicarnos esto dedicó Dickens gran parte de su obra.




