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No se dejen engañar por su cara de profesor universitario y esa pinta de no haber roto un plato en su vida: de la mente de Jeffery Deaver (Illinois, 1950), autor de «El coleccionista de huesos» y creador del célebre criminólogo tetrapléjico Lincoln Rhyme, han surgido algunos de los más despiadados y atroces asesinos en serie que han atravesado la novela criminal estadounidense.
«Me lo paso mejor creando a mis villanos, ya que puedo hacerlos tan oscuros como quiera. Con los héroes, en cambio, tienes que ser muy cuidadoso, ya que los lectores tienen a “enamorarse” de ellos», explica Deaver, quien desembarca hoy en BCNegra para charlar de asesinos en serie con Karin Slaughter y tirar del hilo de «Luna fría» (Umbriel), sexta novela de la saga protagonizada por Rhyme y campo abierto para que El Relojero, un asesino tan brutal como meticuloso y preciso, haga de las suyas.
«Lamentablemente, he aprendido mucho sobre asesinos en serie», explica Deavery, para quien, más allá de las condiciones particulares de cada criminal, existe un poderoso nexo común: la insistencia con la que el mal se reproduce en cualquier lugar y época. «Es algo extremadamente persistente en cualquier cultura. Cualquier población puede tener su propio asesino; no tiene nada que ver con lo económico o lo social: siempre han estado y siempre estarán», señala.
«Al final el mal nunca prevalece; mi trabajo no es mandar mensajes morales»(Deaver)
Conocido también por haber aceptado el reto de resucitar a James Bond en «Carta blanca», novela con la que el agente 007 regresaba a las librerías, Deavery no solo se entretiene alternando las novelas de Rhyme con las de la agente especial Kathryn Dance, sino que ha aceptado un nuevo desafío y se dispone a recuperar a Sherlock Holmes para una nueva antología de relatos coordinada por Laurie R. King. Una jugada casi maestra para un autor que asegura que creó a Lincoln Rhyme con la intención de ofrecer una «versión actualizada» del genial detective británico.
El olor de la morgue
Pongamos a una niña de doce años en Atlanta, la América sureña y profunda, leyendo las sangrientas excursiones de Ted Bundy y la familia Manson; añadamos una rígida educación en colegio ultracatólico de fanáticos predicadores y completemos el dossier existencial con la perspectiva de acabar en el Grady Hospital, siniestro enclave sanitario donde ingresas resfriado y puedes salir con una pierna amputada.
Aquella niña se llama Karin Slaughter (apellido que significa «matadero») y es la autora de «El número de la traición» (Roca editorial), thriller forense que en la edición en inglés llevaba el título bíblico de «Génesis»: un asesino en serie que utiliza el simbolismo religioso del número once —«los diez mandamientos fueron once y once los apóstoles después de la traición de Judas»— para torturar, mutilar y embutir a sus víctimas con once bolsas de plástico…
«A falta de fuerza física, la maldad femenina es perversamente creativa» (Slaughter)
La proliferación de autoras de serie negra nos lleva a plantear qué diferencia el ejercicio del mal, según lo perpetre hombre o mujer. «La violencia femenina es más psicológica; a falta de fuerza física, la maldad femenina es perversamente creativa». Los especialistas en maltrato infantil que asesoraron a la escritora ratificaron ese perverso matiz femenino: «Vaya a cualquier instituto y comprobará casi siempre que la peor persona es una adolescente».




