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Galicia / la lupa

El relevo de los Baltar

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La institución de una dinastía familiar supone para Jose Manuel Baltar un error original que le obligará a purgar pecados ajenos ante una oposición desnortada

Día 07/02/2012

LA ostentación de gestos familiares más o menos exagerados no puede hacer olvidar la profundidad del cambio que empezó ayer a fraguarse en la Diputación Provincial de Orense. El relevo de un Baltar por otro marca el comienzo de una nueva era en la que deben necesariamente caer en el olvido comportamientos inadecuados en una institución democrática de la España del siglo XXI, pero aún más inaceptables en tiempos de crisis.

Ahora que ya no ostenta ninguno de los poderes que le hacían tan temible es posible reconocer sin desdoro las virtudes del ex presidente de la corporación provincial, desafortunadamente tamizadas por las aristas de su comportamiento populista. Es de justicia elogiar en José Luis Baltar la coherencia de sus planteamientos, la incorruptible lealtad a sus principios y el respeto reverencial que supo inspirar siempre a sus allegados, que no dudaron en posicionarse junto a su mentor en todo momento y en cualquier circunstancia, incluso en las situaciones más comprometidas.

Empeñado en la defensa intransigente de sus principios galleguistas y de lo que —acertada o equivocadamente— consideraba como lo mejor para su provincia y sus seguidores, el patriarca de la dinastía ni dudó en enfrentarse incluso con el Manuel Fraga de la más rotunda mayoría absoluta. Que prolongara en exceso su mandato, fuese incapaz de romper con actitudes impropias e impusiera una sucesión dinástica son, sin duda, las pesadas cruces de una moneda que no dejó a nadie indiferente.

Pero la noticia ayer no era el patriarca en retirada, sino el sucesor, un Jose Manuel Baltar cuyo mayor debilidad es precisamente la forma en que ha accedido a la presidencia del partido y de la institución, elevado por un progenitor que quizá hubiera asegurado a su vástago una menos accidentada carrera política si le hubiese dejado encumbrarse por sus propios méritos.

Porque el problema del nuevo titular de la Diputación no está en el apellido, que le honra, ni en sus cualidades políticas, demostradas en su larga andadura en el Parlamento gallego. Mucho menos en su acreditada cualificación profesional. La institución de una dinastía familiar supone un error original que le obligará a purgar pecados ajenos ante una oposición desnortada para todo lo que no sea recuperar alguna cuota de poder que proporcione un sueldo a su cada vez más desempleada dirigencia.

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