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Valdemorillo: Flores de México y mansada a la española

El mexicano Sergio Flores fue el triunfador en el duelo matinal; por la tarde la corrida de San Román fue infumable

Día 06/02/2012

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Habíamos amanecido con las portadas de Rubalcaba como ganador del mano a mano con Chacón en el albero socialista. Y la mañana continuó con otro duelo, esta vez taurino. Valdemorillo era el escenario donde se disputaban las glorias dos novilleros punteros en 2011: Sergio Flores, de México, y Fernando Adrián, de España, el cartel con mayor aliciente de la feria. Dos promesas para seguir de cerca, aunque una con más aroma, Flores, cosecha mexicana del 91 que nos trasladó a la primavera en la cubierta de hielo.

El de Tlaxcala, que ya cautivó el pasado año en Las Ventas, volvió a pisar fuerte y se alzó triunfador del encuentro con un interesante pero desigual conjunto de Fuente Ymbro, potable en líneas generales. El bravo Flores exhibió un ramillete de condiciones: valor, temple, clase, cintura y muleta baja, sentido de la colocación, ambición, capacidad para sobreponerse a la pelea... Fantástico concepto y expresividad, aderezada con pinceladas aztecas. Dos orejas se ganó y alguna más perdió por la espada. El acero —que ayer falló más que los cañones de aire— también es asignatura pendiente de Adrián (1992), discípulo de la Escuela de El Juli. Paseó un trofeo tras mostrar cualidades de distinto registro y se despidió a pie mientras Flores era izado a hombros.

Iván Vicente, herido

Andando se marchó la terna vespertina. De la casta torera mexicana pasamos a la seria corrida de Antonio San Román, una mansada a la española. Para colmo, «Ranita» prendió a Iván Vicente. No se arredró y remató una meritoria faena hecho un auténtico tío, al hilo de las tablas. No pensó el público que estuviese herido, pero tras acabar el festejo fue intervenido de una cornada en la región inguinal.

Leandro se esforzó frente a la mansedumbre de «Rinconete». Claro que allí ni hubo «Cortadillo» ni se escribió ninguna novela ejemplar. El torero deletreó un par de series zurdas notables, pero parloteó la suerte suprema con alivio descarado. Para cara la del tercero, un pavo con el que Morenito de Aranda jugó con belleza los brazos a la verónica y se gustó en varias tandas, a pesar de que el sanromán(«san manso» más bien) se quedaba corto y lanzaba recaditos poco amistosos.

Aunque alguno se dejó más, el segundo capítulo no elevó la obra. «Ingrato» fue un descastado al cuadrado, con el que Iván Vicente lo intentó con denuedo sin que asomase dolor alguno por la herida. Pareció lucir mejor son el quinto; la cosa quedó en unas toreras dobladas de Leandro y mínima sintonía después. El sexto iba y venía con su rebrincado ritmo. Morenito se expresó con armonía y abrochó con sabrosas trincherillas, pero la espada cayó baja y todo quedó en una vuelta al ruedo.

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