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El bicentenario de la Constitución de 1812, con referencia en la emblemática fecha del 19 de marzo, debería ser la gran conmemoración de este año, aunque solo fuera por la grandeza que se deriva de muchos principios redactados en la norma. Basta con recordar que «el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen», para entender que en Cádiz, cuna de la Carta Magna, se sueñe estos días con varias mejoras, incluyendo el fomento de la cultura y de la recuperación del patrimonio. Pensando en ello se ha organizado un ciclo de cinco conciertos, titulados «¡Viva la Pepa!. Música en las Cortes de Cádiz», propuesto por el Consorcio del Bicentenario y el Centro Nacional de Difusión Musical (CNMD), en el que se ha reconocido el mérito de un repertorio pujante, ambicioso y tan necesitado de modernos valedores como aquella Constitución.
Entre los primeros beneficiarios de la empresa aparece Ramón Garay, compositor culto y bien informado, cuya música se vio sometida al rigor del trabajo diario en la catedral de Jaén pero que siempre aspiró a evocar la modernidad europea. Compuso diez sinfonías para satisfacción propia, nunca interpretadas y que hace poco recuperaron discográficamente José Luis Temes y la Orquesta de Córdoba. Tomás Garrido, con su Camerata del Prado, también trabaja el legado de Garay, centrado en la vertiente religiosa y en el «Oratorio al Santísimo», de 1815. Todo ello se ha escuchado en la Iglesia del Carmen, emblemático escenario en donde se celebró el «Te Deum» de acción de gracias por la conclusión del texto constitucional.
Cuentan los cronistas que en aquel entonces un huracán acompañó el acto. Nada mejor que la ola de frío que estos días ha atravesado España, incluyendo al sur, para añadir el realismo necesario a las evocadoras imágenes sonoras de un repertorio coherente con las ambiciones ilustradas y cuya contrapartida cotidiana trabajan desde hace tiempo Los Músicos de Urueña, dedicados a difundir las canciones populares de la época.
Y frente a todo ello, el refinamiento del Cádiz aristócrata, representado en la concentrada atención de un público entusiasmado ante dos actos resueltos con refinada calidad. En el concentrado y subterráneo espacio del oratorio de la Santa Cueva, el Cuarteto Casals interpretando las «Siete últimas palabras de Cristo en la Cruz», encargo a Haydn para ese lugar y demostración de la definitiva solvencia de un grupo formidable. Como soberbia es la calidad del pianista Javier Perianes quien, centrado en el propio Haydn, el sevillano Blasco de Nebra y Beethoven, dio el concierto final firmando así el retrato de una época a la que la música también fue fundamental. Porque entonces se creía en su utilidad y en la capacidad integradora de este arte. Todo lo que este ciclo ha explicado.



