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Galicia / literatura

Cela, en sus fogones

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A Cela no le gustaba la palabra restaurador, que él asociaba al restoranero «que comete la abyecta acción de restaurar el manjar podrido para hacerlo pasar por bueno»

Día 06/02/2012

En artículos de prensa (algunos de ellos en ABC), en conferencias, en una conocida guía de viajes, e incluso en discursos con amigos fijó negro sobre blanco Camilo José Cela pequeñas y grandes historias en torno a la mesa, la española y la americana, que también glosó.

Cuando se cumplen el cierre del aniversario que marca el cuarto de siglo, los reponsables de El Extramundi reúnen una miscelánea de piezas que desarrollan los saberes de un amante del buen yantar cuya mayor virtud es su capacidad para ensalsar cada plato con una anécdota, un requiebro, un comentario erudito.

Los platos en los artículos de Cela son excepcionales, los más; pero aun mejores casi son algunos tratados sobre el mal comer que contiene la antología, con muy buenos y malos humores. Como en «Infausta memoria», cuando tras una comida prefabricada y posindustrial, el escritor pide únicamente un taxi «para morirme en mi cama».

A Cela no le gustaba la palabra restaurador, que él asociaba al restoranero «que comete la abyecta acción de restaurar el manjar podrido para hacerlo pasar por bueno». Y defiende los «viejos, nutricios, espectaculares» libros de cocina. Las humoradas tan propias de Cela aparecen por doquier, como cuando recuerda las espinacas de Popeye y asocia la belicosidad de los ejércitos españoles de antaño a los efectos de los garbanzos.

Completan el magnífico volumen «Don Camilo en la romería de Santiago el Verde», una recreación literaria de Francisco Singul que entrecruza platos, lugares y tiempos.

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