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Los sirios pierden el miedo a Al Assad

Sin ocultar su identidad, un religioso, un activista, un líder político y un profesor de relaciones internacionales se atreven a pedir un cambio radical

Día 05/02/2012

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La cita es a las diez de la noche, dos horas antes de que entre en vigor el toque de queda no oficial que estos días rige en Damasco. Louay Hussein espera en la recién inaugurada oficina del movimiento Construcción del Estado Sirio: «El régimen está tan ocupado con la intifada que no se preocupa de nosotros, así que por primera vez podemos reunirnos y hablar de política sin problemas con la seguridad», asegura este escritor que durante siete años fue prisionero político y que al inicio de las revueltas fue de nuevo encarcelado.

La oposición en el extranjero —liderada por el Consejo Nacional Sirio (CNS)— es desconocida para la mayoría de ciudadanos sometidos a la propaganda del régimen. La experiencia de Irak está demasiado próxima y «por eso hay que poner en marcha cuanto antes el modelo sirio. Establecer un diálogo responsable con las autoridades para iniciar la transición. Si no, habrá guerra civil».

¿Es posible el diálogo? Es una de las cuestiones que divide a los opositores. El jeque Mouaz al-Khatib al-Hasani piensa que no hay más remedio que negociar, aunque «solo saben mentir». Añade: «Los responsables de lidiar con la revolución son los mismos que machacaron el levantamiento de Hama en 1982 y para ellos solo la fuerza puede solucionar los problemas. Queremos que caiga el régimen, no el colapso del sistema, por eso estamos abiertos a un diálogo con condiciones, fuera de Siria y con presencia de prensa internacional. Lo mejor es que se vayan en paz y así evitar que siga el baño de sangre, somos musulmanes y sabemos que hay que dar una salida hasta al enemigo». Encargado de los sermones del viernes en la mezquita de los Omeyas hasta 1995, fue el primero en hablar de libertades, lo que le costó la prohibición de predicar en Siria.

Bashar Al Assad llegó al poder en 2001 con una agenda de cambios bajo el brazo que once años después apenas han entrado en vigor. Bassam Abu Abdulá, en el partido Baaz desde hace treinta años, cree que aún es posible cambiar desde dentro: «El cambio de la Constitución y las elecciones presidenciales… son la única opción de cambio sin que el país caiga en el caos». Abu Abdulá, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Damasco, admite que «el régimen ha cometido errores». Pero añade: «Lo que estamos viviendo no es una revolución. Quieren dividir el eje que formamos con Irán y Hizbolá contra Israel, nada más. ¿Acaso Qatar y Arabia Saudí son ejemplos de libertad y derechos humanos?», se pregunta.

En la sede del Partido de la Voluntad Popular están exultantes. El antiguo Partido Comunista es una de las últimas cuatro formaciones legalizadas y su líder, Kadri Jamil, opina que «uno de los logros de estos diez meses tan complicados es la libertad: la gente vuelve a hablar de política sin miedo». «Nuestro discurso es claro: el sistema debe evolucionar de forma gradual hasta alcanzar un cambio radical. No sirven los modelos de Yemen o Libia, necesitamos una nueva vía».

Perpetuarse en el poder

Bashar Al Assad ha seguido los mismos pasos que otros dictadores del mundo árabe. Primero negó la crisis, después acusó a los enemigos externos de provocarla y finalmente promete reformas a cambio de perpetuarse en el poder. «Las que en un inicio fueron protestas pacíficas recibieron una respuesta brutal, y ahí tenemos las consecuencias. La violencia genera violencia», asegura el jeque Mouaz, que justifica de esta forma la creación del Ejército Sirio Libre (ESL).

Kadri Jamil coincide con este análisis: «La nula falta de libertad política hizo que el régimen abordara las reivindicaciones populares con el método antiguo. Nada de debates, solo represión. Pero los tiempos han cambiado. Deberían procesar a los agentes que tengan las manos manchadas de sangre, liberar a los detenidos y recompensar a los damnificados». La solución al problema interno que vive Siria se complica día a día debido al progresivo armamento de los grupos de la oposición que, con la ayuda de desertores de las fuerzas regulares, han formado el denominado ESL. «El movimiento popular debería tomar cartas en el asunto cuanto antes para quitar argumentos al régimen», urge Jamil.

La presencia de elementos radicales religiosos preocupa entre los opositores, ya que «empiezan a tomar peso sobre el terreno y con ellos no hay diálogo posible», lamenta Louay Hussein, que constata la llegada de radicales, «sobre todo desde Irak». El jeque Mouaz, sin embargo, resta importancia a su papel sobre el terreno y destaca: «Ahora mismo, entre las filas opositoras, la dignidad está por encima de los extremismos que el régimen trata de airear para que nos enfrentemos los unos con los otros». Los leales al régimen subrayan que «los grupos armados utilizan a la población civil como escudos humanos y por eso el Ejército no está empleando toda su fuerza». Así lo señala el profesor Abu Abdulá. Algo en lo que no coinciden analistas y diplomáticos, que consideran que, si los leales a Al Assad no ponen en marcha toda su maquinaria bélica, es debido al miedo a la reacción de la comunidad internacional y a la posible pérdida del apoyo de Rusia y China, los grandes aliados que le quedan a Damasco y que, hasta el último momento, han intentado blindar al régimen ante el Consejo de Seguridad.

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