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Repasar en la hemeroteca la cobertura del golpe de Estado de Hugo Chávez de hace veinte años produce escalofríos. Era unánime la condena al entonces casi desconocido comandante golpista y la defensa de la democracia venezolana como un bien inviolable. Muy pocas voces quisieron reconocer entonces la gravedad del problema. Uno de los que sí lo hicieron —ver ABC 06-02-92— fue el escritor Arturo Uslar Pietri. Y no pudo estar más acertado: «La democracia actual no se corresponde con la madurez del país ni del momento. Seguimos solicitando reformas fundamentales, arrastrando un sistema electoral que causa vergüenza... El Gobierno no corresponde a las exigencias sociales del país y ése es un gravísimo error. Me complace que la intentona haya sido sofocada, pero eso no resuelve tampoco la crisis social de Venezuela, que exige respuesta, conducta y política. El problema no es sólo de unos militares alzados». Los hechos dieron la razón a Uslar y el golpista de esa hora llegó a la Presidencia en febrero de 1999 y ahí sigue, mostrando su orgullo de ser golpista.
El entonces presidente Carlos Andrés Pérez se creyó que el respaldo universal que logró contra el golpista era una panacea. ¡Hasta Castro se alineó con Pérez! Pero el golpista Chávez demostró tener más instinto político que Pérez y Caldera juntos. La pregunta es ¿cómo es posible, veinte años después que los venezolanos lo respalden? Y la respuesta probablemente sea que la Venezuela del golpista no es una democracia. Es un sitio en el que hay urnas, sí, y se vota en ellas. Pero eso no es suficiente para que exista una democracia. No hay libertad de Prensa. Y sin ella es imposible garantizar un proceso democrático. Pero eso, a Chávez, no le impide dormir en paz.









