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Galicia tiene que afrontar, dentro de sus dimensiones, las consecuencias de una política de austeridad inevitable
Día 05/02/2012
Constatar al país endeudado hasta las cejas, es lección primera; pero cauterizar los excesos será una larga marcha de sangre, sudor y lágrimas. Medir los desajustes de la Balanza de Pagos es tarea sencilla para el profesional de atenta visión; aunque rehacer la competitividad será hazaña para gigantes de la política económica. Propalar electoralismo energético, economías verdes, renovables para todos y lo imposible a la carta, es oficio de inanes engreídos por volteriana candidez. Retroceder al medievalismo político de feudos de libre disposición, ejércitos de partidarios en nómina y cargar las facturas al que haya de venir después, es ejercicio de cabezas sin visión ni responsabilidad histórica. Reconstruir un Estado eficiente, sano y financiable, será oficio de sobriedad extendida que deberán asumir los depositarios de la confianza hoy entristecida del pueblo.
La economía del país, el estado de la desesperanza y la atonía de valores reflejan la herencia de una nueva pasada por la izquierda que, como la de los ochenta y mitad de los noventa, ha terminado en naufragio. Pero ahora con especial desertización. Galicia vive conmocionada el efecto de la estela de aquellos talantes, alegres, confiados y empufados sin rubor. Todo era artificio y vana apariencia. Cuando no hostilidad rencorosa, abandono de las bases productivas y piedras en el camino a las alternativas en marcha.
Galicia tiene que afrontar, dentro de sus cuotas y dimensiones, las consecuencias de una política de austeridad inevitable. En esta comunidad ya se hizo de forma prematura, marcando una senda que sería adoptada en el resto de España. También se intentó una reforma financiera por la galleguidad y la solvencia, boicoteada al unísono por PSOE y Banco de España. Hasta se trató de compensar el cierre de los apoyos gubernamentales al naval, así como su dejadez en Europa ante la supresión discriminatoria de estímulos a la construcción de buques. Se ocupó con rapidez de la reparación de la inseguridad jurídica del concurso eólico heredado; vinculó las concesiones a inversiones complementarias y lo hizo al principio de la legislatura, cuando el Bipartito había esperado hasta el final para convertirla en caramelo electoral. Pero la izquierda central levantó el muro de los prerregistros, disparó el déficit tarifario y no movió ni un dedo para vincular las primas de ayudas a la competitividad. Eso sí, subió el precio de la luz en plena crisis económica como no se había hecho en democracia.
Todo lo que tocó se ha convertido en legado caótico, como en el alarde demagógico de la dependencia que nunca financió; las obras públicas abordadas con sucesivos endeudamientos y que no desarrolló; los boicots al ahorro sanitario porque se le ocurrió a un gobierno que no era de su partido; el caos en materia agropecuaria y la inanidad en la defensa de esta tierra en la Unión Europea. Tantos y tan graves sectarismos no se compensan de la noche a la mañana. Costará remontarlos.
No hay precedente de una crisis como la actual caracterizada por una recesión provocada por excesos masivos de gasto financiados con endeudamiento externo. Todavía la sociedad no es plenamente consciente de las dificultades que encierra el camino de la recuperación. Que están en el ámbito internacional, en el nacional y el propio gallego. Que requieren simultaneidad de acción económica con cambio político, social y cultural. Donde veremos insolidaridades, picarescas, pasos tentativos y reformas de eficacia limitada; las presiones típicas de los oportunistas y los eslóganes críticos de rigor por parte de la oposición que generó los problemas. Pero también muchos pasos serios, acción prudente a la vez que firme y eficaz para afrontar los problemas en todos los ámbitos. Ningún responsable institucional los soslaya, sino que los aborda de frente y procura poner en práctica los resortes políticos y los medios disponibles para atajarlos. Esta nueva actitud es la clave de la confianza, de la esperanza que —a pesar del desconcierto— va tomando cuerpo en los más conscientes, en la mayoría que vertebra. Y acabará dando sus frutos. Es cuestión de tiempo.




