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El repliegue en Galicia se traduce en la asombrosa transfiguración de Baltar Pumar en Baltar Blanco
Día 05/02/2012
Vuelve la moda retro, aquella que tantos beneficios deparó a los fabricantes de corsés y a los estraperlistas de aceite de oliva. Acontecimientos recientes, localizados tanto en las coordenadas autonómicas como en el conjunto del territorio, permiten inferir que nos hallamos en medio de un acelerado proceso de regresión hacia los orígenes, con riesgo indudable de desembocar en la sierra de Atapuerca. Es una involución compartida por las tres fuerzas políticas operantes en Galicia, lo cual indica que, como dirían los modernos kantianos, aunque sus respectivos principios sean particulares y contingentes en lo accidental, son universales y necesarios en lo esencial.
De los esfuerzos socialistas por reencontrarse con el pasado dan sobrada muestra los refuerzos que en su campaña de captación de compromisarios se han buscado los dos aspirantes a desempeñar la autoridad partidaria. Rubalcaba se auxilia de González y Chacón de Zapatero. Los propios candidatos, procedentes del peor recuelo socialista de las últimas décadas, y sus respectivas parejas de campaña confirman que nunca hay que fiarse de las apariencias: incluso sobre los políticos con semblante de rigor mortis puede operar el milagro de la palingenesia.
El PP, por su parte, ejemplifica su querencia por la marcha atrás en el bonito caso de la diputación de Ourense. Aquí el repliegue se traduce en la asombrosa transfiguración de Baltar Pumar en Baltar Blanco. Se trata de un fenómeno que recupera para la política gallega del siglo XXI contumaces estirpes familiares del siglo XIX, aquel tiempo señoreado por los Riestra, los Bugallal, los Gasset y otras ilustres dinastías.
En cuanto al Bloque, hemos de reconocer nuestra debilidad por una fuerza política empeñada en reeditar el Decreto de Unificación desde postulados sedicentemente antagónicos e incompatibles. Haciendo suya la gloriosa disposición evacuada desde el Cuartel General de Salamanca y que tanta concordia suministró a los hermanos discrepantes, hemos leído, puesta en boca de un destacado dirigente de la facción castrense (Beiras acaba de pedir el «desarme» de la UPG) la sentencia de que el Bloque es la única casa común del nacionalismo. Un casa, no hará falta decirlo, acogedora incluso con las ovejas descarriadas y en la que están proscritos los procedimientos expeditivos y los artilugios silenciadores.
De aquella aleación de obispos, falangistas, jonsistas y requetés siempre se dijo (Ridruejo, por ejemplo, en los papeles exhumados por Gracia) que la minoría marcial se imponía a la mayoría civil. Uno tiene la impresión de que en la charanga nacionalista sucede algo parecido: la escueta peña de la UPG (algo más de seiscientos afiliados entre un montante de nueve mil) impone caudillaje y doctrina. O sea, que lo que el pasado fin de semana se vio en Compostela no fue una asamblea política sino la restauración del Movimiento Nacional.




