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Los Centros de Recepción y Recuperación de Animales de Castilla y León salvaguardan la conservación de especies curando a ejemplares heridos e investigando las causas de muerte provocadas por el hombre
Los efectos de la mano del hombre sobre la fauna son indudables. Elementos relacionadas con el desarrollo como las infraestructuras provocan consecuencias sobre la vida de los animales autóctonos. A la acciones antrópicas no voluntarias se suman hechos delictivos como envenenamientos e incluso, y pese a que la concienciación sobre la preservación medioambiental es cada ve «mayor», todavía hay animales protegidos que sufren disparos. Como una esperanza a la vida o, en su defecto, para atajar la situación cuando las consecuencias son ya irremediables trabajan los especialistas de los Centros de Recepción y Recuperación de Animales Silvestres (CRAS). En ellos, se recupera a seres vivos que llegan heridos y si son cadáveres comienza una exhaustiva investigación forense para determinar las causas de la muerte que lleven a emprender actuaciones de preservación.
Los CRAS dependen de la Junta y constituyen una estructura complementaria a la política de conservación ambiental. Hay instalaciones repartidas por toda la Comunidad, pero es en Valladolid y Burgos donde están las dependencias hospitalarias. Atienden exclusivamente fauna autóctona, salvo dos excepciones, la tortuga de Florida, para evitar que se libere, y el invasor visón americano.
Con una pasión envidiable hacia su trabajo, Adrián Romairone, José Manuel Onrubia, Tomás Vegas y Emma Rodríguez acuden cada mañana al centro ubicado en Valladolid, donde se preparan para luchar por la vida o combatir la muerte no natural de la fauna silvestre. Los principales ingresos, por encima 80 por ciento, son aves rapaces, y las causas van desde atropellos, colisiones, envenenamientos y disparos, a las no antrópicas, como la falta de experiencia que hace a los pollos sentirse amenazados y tener dificultades para alimentarse.
Una de las principales tareas del centro es intentar dar con la causa de la muerte de animales. Tratando de encajar todas las piezas del puzzle, el personal lleva el estudio de los cadáveres hasta el máximo nivel de diagnóstico. Son los encargados de desvelar la trama y comunicarla a la administración para que adopte las decisiones y ponga los medios para que eso no ocurra de nuevo.
A veces, los agujeros de bala dejan clara la causa de la muerte. No es la más común, pero está allí. Otras, el análisis se tiene que llevar hasta el extremo, reduciendo el cadáver a hueso en busca de anomalías que de otra forma no se podrían averiguar. La investigación es pormenorizada incluso cuando se trata de un traumatismo, ya que también es necesario averiguar si la acción del hombre estuvo detrás.
La sangre revela si la muerte fue por intoxicación. Es la causa más común. Los venenos se utilizan ilegalmente como control depredador en espacios como cotos de caza para que los zorros no se coman a las perdices. Pero este método no es selectivo y aunque los tóxicos no van dirigidos a ellas, las más afectadas son las aves carroñeras.
Devolverle su vida
La labor más reconfortante para este centro es cuando consiguen salvar la vida del animal. Los ejemplares llegan a través de distintas vías. A veces son hallados por técnicos ambientales y en otras ocasiones por ciudadanos que ven un comportamiento anormal, por ejemplo, en un ave parada frente de su puerta.
Cuando llegan al CRAS se les hace una ficha, con la mayor cantidad de datos que se puedan conocer. Controles de sangre y radiografías sirven para averiguar los problemas que pueda presentar el ejemplar. Además, hay que controlar pequeños traumatismos, ya que pueden haber tenido un golpe en la cabeza, que no haya desembocado en fractura, pero provoque un comportamiento extraño.
Las curas son variadas y al menos tres o cuatro veces por semana se tiene que practicar una cirugía. Lo normal es que no estén más de tres semanas o un mes en las instalaciones, donde son tratados a cuerpo de rey, pero sin que lleguen a acostumbrarse a la presencia humana con un hábito que luego les perjudique en su vida en libertad. Para ello, los trabajadores deben mantener también las distancias con límites como no ponerles nombre, «porque se les coge cariño».
No todo se reduce a curar y devolver a su hábitat. Antes de su suelta se procede al anillamiento con el que se registra con «DNI» todos los ejemplares que han pasado por el centro. La información obtenida permite tener una trazabilidad de cada uno y éste es identificado si tiempo después aparece en la otra punta de Europa. Este método ha permitido que se tenga información valiosa sobre los animales, como la longevidad y los hábitos migratorios y alimenticios.
Los datos son consultados por técnicos y reclamados por particulares. Y es que quienes llevaron al animal para salvarle se preocupan por él. Muchos, incluso, reclaman estar presentes en el momento de su liberación y algunos se interesan por ellos años después.
Aunque tratan animales autóctonos algunos, llegan desde puntos muy lejanos. Hace unas semanas apareció una cigüeña de Alemania que había recorrido 1.562 kilómetros. Otras veces las recepciones son de lo más variopinto. Desde iguanas que miden más de dos metros a ejemplares más difíciles de contemplar en Castilla y León y que aparecen de la mano de decomisos. Es el caso de dos monos de Gibraltar que aterrizaron un día en el centro después de haber sido robados en Málaga. Ahora están en el zoo de Barcelona y uno de ellos se llama «Valladolid».
Recompensa
Hace unos años, el teléfono no paró de sonar durante unos días. Un águila calva americana que se escapó en una exhibición apareció en Villafáfila y llegó hasta el centro. El dueño puso el ejemplar en busca y captura con mil euros de recompensa. La suculenta cuantía hizo que al animal le salieran múltiples dueños que alegaban haberlo perdido.
Entre los habitantes más longevos destaca un águila real con fecha de entrada 1990. Fue decomisada cuando era pequeña, pero pasaron varios años hasta que se celebró el juicio. Para entonces, ya no estaba preparada para cazar y sobrevivir.






