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Somos incorregibles. Cuando nieva, porque nieva, y cuando no nieva, porque no nieva. La cuestión es ciscarse en el gobierno de turno. Está bien que sea así, pero hay que reconocer que a veces nos pasamos. El último episodio de nevadas en Cataluña, que en Barcelona ha pasado sin que viésemos caer un mísero copo de nieve, ha desatado el cabreo de algunos, que han acusado a la Generalitat y al Ayuntamiento de exagerar con las prevenciones. Es cierto que la orden de cerrar colegios —por el quebranto que supone en la organización familiar— igual fue «overexcited», pero también es verdad que adelantar la hora de recogida de los niños entre una hora y media y dos horas hubiese evitado problemas, sobre todo de tráfico, si hubiese nevado de verdad.
Escarmentados por lo que sucedió en Barcelona hace dos años, cuando la ciudad se colapsó, el Ayuntamiento optó por la prudencia. En 2010 no es que el Consistorio actuase mal, la diferencia es tan simple como que entonces sí nevó. Ese año, a la una de la tarde del nueve de marzo, las previsiones indicaban que la tormenta iba remitiendo. La administración municipal optó por no tomar la decisión radical de cerrar los accesos a la ciudad. El problema es que los pronósticos fallaron, y al poco rato, las calles de Barcelona eran una ratonera. El caos fue mayúsculo. A Jordi Hereu le reprocharon que no hubiese decretado el cierre de la ciudad, casi casi le pedían el estado de sitio. La administración erró entonces, sí, pero ¿qué hubiese pasado si no hubiese nevado y, por prudencia, se hubiesen puesto barreras en los accesos, cerrando la ciudad a cal y canto, con el impacto que sobre la actividad económica que ello comportaba?
En fin, que en estos casos, lo más difícil es acertar. Los más templados se lo han tomado a rechifla, y las redes sociales han ido llenas estos días de agudos comentarios acerca de la histeria ciudadana ante lo que se anunciaba como la tormenta del siglo, el inicio de la tercera glaciación. Con mucho humor, hay quien tuiteó que cada vez que alguien estos días ha pronunciado el concepto «frío siberiano», un siberiano de verdad se descojonaba, se quitaba una prenda y se metía entre pecho y espalda un copazo de vodka. A nuestra salud. Otro tuitero proponía que, ante la falta de nieve, mejor hacer un muñeco de sal aprovechando las toneladas esparcidas por las calles. Mejor reír... y taparse.




