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La revuelta del fútbol asedia a la Junta Militar egipcia

Las protestas de ayer se saldan con cuatro muertos, 1.500 heridos y un edificio del Gobierno incendiadoMuchos manifestantes creen que los militares quieren hacer ver que solo ellos pueden preservar la seguridad

Día 06/02/2012

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Como enredados en un bucle melancólico y violento, los egipcios volvieron ayer a protagonizar y sufrir las mismas escenas de destrucción y caos. Y los mismos discursos, que hablan de conspiraciones secretas y de manos extranjeras, que tienen estancada la transición egipcia. La violencia que se desató en el fútbol en la ciudad de Port Said ha acabado por extenderse por Egipto. Cuatro nuevos muertos, más de 1.500 heridos y una sede administrativa incendiada son el saldo, por ahora, de este nuevo estallido de enfrentamientos, del que todo el mundo acusa a un complot, aunque con diferentes protagonistas.

Las inmediaciones de la plaza Tahrir y el ministerio del Interior egipcio volvieron a convertirse ayer en un campo de batalla donde volaban las piedras y los balines de goma. Miles de manifestantes, entre ellos muchos hinchas del fútbol egipcio, enfurecidos por la muerte de 74 asistentes a un partido el pasado miércoles, se enfrentaron a las fuerzas de seguridad durante todo el día. Una sede administrativa de impuestos inmobiliarios fue incendiada. El olor asfixiante e irritante de los gases lacrimógenos volvió a inundar las calles del centro de la capital.

La noche anterior, dos manifestantes murieron tiroteados en Suez por la Policía, según sus compañeros. Aunque las autoridades culparon del hecho a «criminales». En El Cairo morían otro civil y un militar arrollado por un vehículo policial. Los heridos salían por decenas de la primera línea de batalla, muchos de ellos en brazos de otros manifestantes, medio asfixiados por los gases.

En un dramático comunicado, la junta militar acusaba ayer a «partes interesadas extranjeras e internas» de la escalada de violencia. Quiénes pueden ser estas partes no lo aclaró el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que quiso erigirse como mediador de un conflicto que, al parecer, nada tenía que ver con ellos. Pidió a «los hijos de la nación egipcia» que se unan y solidaricen para enterrar la discordia. Ni una sola palabra de autocrítica.

Pero para eso ya está Tahrir. Los manifestantes apuntaron a la Junta Militar como responsable del deterioro «deliberado», afirman, de la seguridad. «Justo unos días después de levantar la Ley de Emergencia vuelve a haber disturbios en distintos puntos del país. Está claro que todo está orquestado, que quieren hacernos pensar que sólo ellos y su mano dura pueden mantener la seguridad», denunciaba ayer el estudiante Mohamed Sayat, mientras se protegía de los gases lacrimógenos con un pañuelo.

Muchos manifestantes encuentran vínculos entre la tragedia de Port Said, el ataque de matones a varias recientes protestas e, incluso, varios robos de bancos a mano armada. Algunos de estos hechos son difíciles de relacionar, aunque sí parecen reflejar una relajación en las medidas de seguridad y, sobre todo, en la detención y castigo de los culpables, que ha creado una sensación de impunidad.

«Todo está relacionado, no me cabe la menor duda», aseguraba ayer Silvia Makram Abeit, que portaba una página de periódico con fotos de algunas de las víctimas del partido de fútbol. Alzando una pancarta con la imagen de un querido amigo que murió a su lado en Port Said, el primo de Silvia, David, relataba cómo le habían pegado en la cabeza y en las piernas. «Eran matones, no eran hinchas de fútbol», aseguraba.

Adelanto de elecciones

Aunque la mayor parte de los manifestantes acudió ayer a la plaza Tahrir para mostrar su repulsa a la violencia, algunos grupos de activistas tenían reclamaciones más precisas. La exigencia de celebrar las elecciones presidenciales antes de la redacción de la nueva Constitución, para adelantar así el traspaso de poder de los militares a los civiles, estuvo ayer en boca de muchos.

El día anterior, el Parlamento, que podría estudiar esta medida, había acusado de las muertes en Port Said a la negligencia de las fuerzas de seguridad, y muchos diputados habían pedido la dimisión del ministro del Interior. Los Hermanos Musulmanes hablaban de «manos invisibles» que querían tumbar la revolución, referencia velada a los miembros del antiguo régimen. La tensión estaba a flor de piel en El Cairo, pero casi podría decirse que los egipcios han aprendido a convivir con esta situación excepcional. Poco a poco, escenas que parecen bélicas se han convertido en algo habitual y casi repetitivo. Si hace unos meses los vendedores ambulantes de Tahrir se mantenían alejados de donde se libraba la batalla entre manifestantes y fuerzas de seguridad, ayer estaban ya casi a tiro de pedrada, impasibles, preparando bocadillos o té a los activistas. Los muertos, por desgracia, también han empezado a formar parte del paisaje.

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