En Vídeo
En imágenes
El fin de semana pasado, en el último día del Foro Económico Mundial de Davos, Christine Lagarde volvió a protagonizar uno de esos momentos fashion que enloquecen a los blogueros y tertulianos del mundillo de la moda. «Estoy aquí, con mi pequeño bolso, para recaudar algo de dinero», comentó la directora gerente del Fondo Monetario Internacional mientras enseñaba su sac-boursea los hombres más ricos del planeta.
Según los expertos, el bolso XXL de madameLagarde era un «Lockit» de la línea East-West de Louis Vuitton, valorado en 4.000 euros. Aunque el precio no es todo... este modelo solo se consigue con petición previa. Exclusividad total, hasta el punto de que, al ser consultada por este periódico, la firma francesa no ha querido confirmar —ni negar— la información.
Ciertamente, un Vuitton de superlujo personalizado no es lo que una mujer de a pie llamaría un «bolso pequeño». Pero la exministra de Economía francesa tampoco es precisamente una mujer como cualquier otra. De hecho, según la revista «Forbes», ella está entre las diez más poderosas del mundo... y también entre las más elegantes.
Lookpara la polémica
Esbelta y deportiva (fue campeona de natación), poderosa y competente (dirigió el bufete Baker & McKenzie en Estados Unidos), Lagarde se ha convertido a sus 56 años en la embajadora de facto de las grandes maisons de la rue Saint Honoré. Su bolso Kelly de Hermés, sus chaquetas tweed de Chanel y su cabello blanco-plata al estilo de Meryl Streep en «El diablo viste de Prada» han conquistado los gélidos corazones de las editoras de moda. «Es la dama de hierro con el pelo brillante», dijo sobre ella la jefa del «Vogue» italiano, la influyente Franca Sozzani. Incluso la mismísima Anna Wintour le dedicó varias páginas en el «Vogue» americano de septiembre, el mes más importante para la industria de la moda.
Pero no todo son flores para la lideresa del FMI. El exprimer ministro socialista Laurent Fabius simplemente la detesta «porque es muy elegante», mientras que el periódico «Libération» la tachó de «mujer de clase alta desconectada de la gente común y más preocupada por su apariencia que por el bienestar general». Algo de cierto hay en la acusación. Es innegable que Lagarde se preocupa por su aspecto, pero, como dijo Sozzani, «es elegante y sofisticada sin hacer concesiones a la frivolidad».







