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Mil quinientas libras sirias (22 euros al cambio). Hassan al-Mukri guarda los tres billetes de quinientas libras que ha ganado en los últimos meses en una de las cajas de madera de artesanía damascena que vende en su tienda de recuerdos cerca de Bab Sharki, en la ciudad vieja de Damasco. «En las guerras del 67 y el 73 también sufrimos crisis, pero fueron más cortas que esta», asegura Hassan, que ha heredado un negocio que lleva abierto desde el año 1950 y que recuerda a su último cliente extranjero, «una turista alemana que hablaba algo de árabe, hace seis meses».
El levantamiento contra Bashar al-Assad, que empezó el pasado mes de marzo, ha ahuyentado a los turistas del país. Comercios, restaurantes y hoteles sobreviven «gracias a las reservas que fuimos acumulando en el pasado, pero el que no fue previsor o el que tiene que pagar un alquiler se ha visto obligado a cerrar», apunta Adel Sharaf, vendedor y reparador de relojes antiguos que sigue abriendo la tienda cada día «para huir unas horas de mi barrio, Arbin, donde hay fuertes enfrentamientos», comenta en referencia a una de las zonas del este de la capital en la que el Ejercito Libre Sirio (ELS) tiene más respaldo popular.
Desde el fin de semana la revuelta ya está en las calles de los distritos que rodean Damasco y el Ejército —que asegura haber sufrido 70 bajas en los últimos cuatro días— necesita desplegar miles de hombres para mantener el control, pero en cuanto levantan el despliegue la milicia del ELS vuelve a sus posiciones. Junto a Damasco, ahora parece que Alepo, segunda ciudad del país, comienza a registrar protestas y activistas citados por Reuters afirman que ayer cien jóvenes fueron detenidos en el barrio de Fardos.
Peregrinos chiíes
Los únicos extranjeros que siguen fieles a Siria son los peregrinos chiíes, en su mayoría de Irán, que como han demostrado con Irak en los últimos años, «no temen a nada porque vienen a visitar lugares sagrados como el santuario de Saida Zeinab (nieta de Mahoma)», matiza Noor, responsable de una agencia de viajes en la céntrica calle Ayar, que ha visto cómo progresivamente su cartera de clientes extranjeros se ha ido reduciendo.
Al hundimiento del turismo hay que añadir los efectos de las sanciones impuestas por Occidente y la Liga Árabe, que han bloqueado las operaciones del Banco Central y la venta de hidrocarburos. Un deterioro de la vida cotidiana que puede ser el desencadenante final de la caída del régimen, según señalan analistas y diplomáticos
Una situación similar a la que sufre Irán, su gran socio regional, y que los sirios también tienen complicado afrontar debido al discurso común entre EE.UU. y la UE. La libra siria pierde valor cada día y los sirios que tienen ahorros procuran hacerse con divisas, algo cada vez más complicado. El régimen intenta combatir el impacto de estas restricciones cuyos efectos se agravan por los continuos sabotajes por parte de los grupos opositores a los principales oleoductos. Ayer una explosión provocó el incendio del oleoducto que alimenta una refinería de crudo en Homs, en el centro del país, según informaron activistas de la oposición, que aseguraron que esta vez la causa fue el disparo de un carro de combate (se supone que del Ejército regular), según la agencia Reuters.
Pérdidas millonarias
El ministro de Petróleo, Sufian Allaw, cifró en dos billones de dólares los daños causados por las sanciones internacionales y los ataques de la insurgencia contra el sector petrolero y elevó a 21 el número de funcionarios del sector muertos por actos violentos. «Además de la situación de seguridad, el problema es que estas sanciones son un factor psicológico que nos afectan a todos los ciudadanos», opina Osama Hasan, responsable de la recién inaugurada Bolsa de Damasco en la que, aunque las empresas que participan no están bajo el rigor de las sanciones, «también ha descendido el volumen de negocios debido a la crisis generada por las revueltas en todo el país».
La vida se encarece al mismo ritmo que los sirios pierden poder adquisitivo. Damasco sufre al menos dos cortes de luz generales al día, a distintas horas según las zonas, «pero lo superaremos, el enemigo no podrá doblegarnos y superaremos la presión», responde con optimismo Adel Aljaban, dueño de un comercio de venta de té y café, que a sus 80 años nunca hubiera imaginado vivir una situación semejante. Repasa las cuentas del día a la luz de un candil y se sorprende él mismo de la subida del té en más de un veinte por ciento. «Esto es preocupante porque aquí cada familia siria consume al menos cincuenta gramos al día». Los ciudadanos de la capital empiezan a sentir en primera persona unas revueltas que hasta ahora solo veían por televisión.









