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Penúltimo de una estirpe de entrenadores a la vieja usanza (léase campechano, pegado al suelo; de los que llaman al pan, pan, y al vino, vino; sin falsas modestias ni cabreos permanentes; defensor del fútbol como juego, no como ciencia exacta, y una mina para la prensa a pesar de su escaso glamoury de no usar monosílabos en sus respuestas), a Manolo Preciado lo han pasaportado por lo de siempre: las cuentas no cuadran. Su Sporting viaja penúltimo en la Liga, con 18 puntos, a tres de la salvación, y con mala pinta. La pasada temporada salvó una situación de ahogo similar, e incluyó en su machada una victoria en el Bernabéu, pero esta vez el presidente del club, Manuel Vega-Arango, no ha tenido tanta paciencia, aunque su decisión le ha costado derramar lágrimas en la sala de prensa.
Manuel Preciado Rebolledo (El Astillero, Cantabria, 1957) se va tras convertirse en el técnico que más partidos consecutivos ha dirigido al equipo asturiano en toda su historia (218), y lo deja en una situación apurada, pero muy diferente a la que tenía cuando llegó, sepultado en Segunda División e inmerso en un concurso de acreedores. En su equipaje se lleva el cariño de la afición, hasta el punto de que ha decidido fijar su residencia en Gijón. «Lamento si hice algo mal», dijo tras su destitución. «Seré socio del Sporting hasta que me muera».
Preciado no se ha dedicado, como Berceo, a escribir las vidas de los santos, pero al igual que escritor del mester de clerecía siempre le gustó expresarse «en román paladino, como suele cada hombre fablara su vecino». Cocinero antes que fraile, jugó en el Racing de Santander, Linares, Mallorca, Alavés y Gimnástica de Torrelavega como paso previo al banquillo. Siendo entrenador del Racing dimitió tras la compra del club por el empresario de origen ucraniano Dimitri Piterman, famoso por entrometerse en el área técnica de los cuatro clubes que presidió en España.
Después de pasar por el Levante y el Murcia recaló en el Sporting, un histórico en horas bajas que llevaba ocho años en el purgatorio. Corría el verano de 2006. En su presentación, Preciado se extrañó por la sensación de tristeza que embargaba a la entidad, y trató de insuflar ánimo a los aficionados, que por entonces dejaban semidesiertas las gradas de El Molinón.
El club estaba lastrado por un pasivo de 50 millones de euros, así que no exigió fichajes y trabajó con la Escuela de Mareo y con jugadores que llegaban con la carta de libertad en el bolsillo. Con el tiempo se resignó a ver cómo se traspasaba a algunos de los jóvenes valores de la cantera, como Míchel, al Birmingham, o José Ángel, al Roma; tampoco pudo retener a Diego Castro, hombre clave en el ascenso (2007/08) y las primeras temporadas en Primera, que fichó por el Getafe. El dinero de esas operaciones sirvió para enjugar la deuda, no para refuerzos.
Gestor de recursos escasos, siempre en el filo, Preciado imprimió en sus jugadores un carácter alegre y combativo. Su momento de fama llegó el curso pasado, cuando Mourinho le acusó de haber tirado el partido en el Camp Nou por alinear a muchos suplentes. Preciado calificó al entrenador del Real Madrid de «canalla». Tras la tensión llegó la paz... y una especie de justicia poética: el Sporting ganó al Madrid a domicilio y le arruinó sus opciones de lograr la Liga, además de romper al portugués una formidable racha de imbatibilidad en casa. Ayer, Mourinho se expresó en Twitter a través de la cuenta de su portavoz, Eladio Paramés: «Estoy triste por la destitución de Preciado».






