Libros / libros de vino y rosas

«Los inmortales»

Día 25/01/2012 - 17.37h

Manuel Vilas. Alfaguara. 224 páginas. 18,50 euros

ignacio gil
El escritor Manuel Vilas

Total, nos falta apenas un ratito. Sí, un ratito para que llegue el año 22011, señalada fecha en la que tiene lugar el arranque de esta novela. Veinte mil años después de nosotros, la raza humana ha alcanzado uno de sus sueños, la inmortalidad. Eso sí, una inmortalidad shakespeariana, profunda e intensa, pelín cartesiana. En ese momento se descubre un manuscrito del siglo XXI y Aristo Willas monta en cólera.

Willas es nada más y nada menos que el Jefe Supremo de Arqueología Terrestre y de Inteligencia Histórica de los Servicios Especiales de la Galaxia Shakespeare. El manuscrito no deja lugar a dudas. En el año 2011, nuestra especie ya era inmortal, aunque sus maneras estaban más cerca del chascarrillo, la vieja del visillo y el genial y popular humorismo de Cervantes que de los tensos y espesos textos del dramaturgo inglés. A partir de ahí, pues cualquier cosa puede suceder.

ALFAGUARA
«Los inmortales»

Y vaya si suceden en la nueva novela de Manuel Vilas. Otra explosión de su afilada ironía, de su lengua triperina, de su manejo del absurdo (ese precisamente que nos rodea, ese que vemos en la tele, y que salpica las redes sociales de Algeciras a Estambul), su dominio de la cultura y el habla populares, su deliciosa manera de descontextualizar a tirios y troyanos.

Vilas monta un circo y no solo no le crecen los enanos, sino que por su particular pista empiezan a deambular y a vivir un puñado de personajes que, sí, no hay duda, apestan a inmortales, porque inmortales son las credenciales literarias con las que Vilas los construye, los defiende, los ama, y los sigue en un puñado de aventuras que tienen mucho de aquellos encargos caballerescos en los que el Manco de Lepanto colocó a Don Quijote.

Menuda nómina

La nómina de tipos, de personas, personajes y personajillos que hacen piruetas y acrobacias en el circo vilasiano empiezan por el propio Manuel, un poeta que debe dar un recital en la Luna y al que una nieta, Mariana, le va a ganar el Planeta con solo catorce años. Su Majestad el Rey Don Juan Carlos también tiene aquí algo más que un cameo, como lo tiene el trasunto de Cervantes Saavedra, un tipo que se hace llamar SA, a secas, y que disfruta como un enano haciendo el guiri por la costa más hooligan de Tenerife.

Desde luego, el humor de Vilas es un repóker de ases en el desolador panorama guerracivilesco de nuestra narrativa. Sus tipos son inverosímiles, pero por eso son de carne y hueso. Podrían estar en un concurso de televisión con Sobera, o un sketch de José Mota y el Tío de la Vara. Son tan increíbles que por eso son literariamente verdaderos y poderosos, bellísimos ejemplares de ficción, purasangres novelescos.

Porque si me lo permiten podemos seguir con el elenco de «Los inmortales»: Juan Pablo II y la Madre Teresa, locos por las grandes superficies; Corman Martínez, el último comunista del planeta con una pesadilla recurrente en su vida: se le aparece Stalin en sueños para encargarle una gira por todos los McDonald’s de la Tierra, unos treinta mil; Dante Alighieri y Nerudajartos de Guiness en Dublín; Van Gogh y Picasso como sosias de Elvis; Virgilio y Lorca zampándose helados de leche merengada en Cambrils.... Si como dice Vilas, «el humor nos hace más tranquilos y tolerantes», aquí hay ración triple.

Pero entre broma y broma, la novela pone en su punto de mira muchas de nuestras alienaciones («el marxismo político no existe, pero su teoría de la historia y de la alienación no ha sido superada», subraya el novelista), nuestras frustraciones, nuestros prejuicios, y nuestro sueños de que la gran putada, la visita de la Parca, no se produzca nunca y disfrutemos de la inmortalidad. Y la inmortalidad tiene que ser una gozada del calibre de esta novela. Aunque el único inmortal conocido, Christopher Lambert, tuviera en aquella peli una cara de atolondrado de aquí a la eternidad.

Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962)

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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