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Cuatro años después de que Stephen Frears y Helen Mirren maravillaran al mundo con su retrato de la Reina Isabel II de Inglaterra en «The Queen», el cine volvió a dar una de esas piruetas geniales al estilo de Coppola con su segunda parte de «El Padrino», porque «El discurso del Rey» hace un similar viaje hacia atrás para situarnos frente al origen del relato, el padre de la Reina Isabel, el Rey Jorge VI, aunque pone su simbólico foco no en la gran Historia sino en la humana anécdota de cómo ese hombre tuvo que aceptar un peso que estaba destinado a su hermano mayor, Eduardo VIII (que abdicó para casarse con Wallis Simpson), y superar un agudo problema de tartamudez para estar a la altura de las circunstancias. Lo que Stephen Frears consiguió de estampa de una época en «The Queen» se transforma en el caso de Tom Hooper (director de «El discurso del Rey») en fresco más íntimo y personal que histórico, y consigue que lo circunstancial envuelva de sentido y emoción a lo esencial, una Europa en guerra contra la Alemania nazi.
La película se convirtió en el gran éxito de 2010 y no tanto porque fuera la gran vencedora de los mejores y grandes premios, incluidos cuatro Oscar, sino porque entabló desde su mismo estreno una de esas relaciones cercanas y afectuosas con los espectadores de todo el mundo, especie y condición. El gran acierto de Hooper y su película consistió en situar la majestad del Rey a la altura de los ojos del espectador y otorgarle, a la vez, humanidad y grandeza, midiendo con exquisita prudencia lo que de drama y de comedia tenía su incapacidad para hablar en público. La interpretación que de ese hombre grande y pequeño hace Colin Firth es memorable, y más aún en su choque de caracteres y sentimientos con el otro gran personaje de la película, el logopeda que interpreta Geoffrey Rush, mezcla de charlatán y genio. Podría decirse que el nexo interpretativo que logran estos dos actores, la comunicación y química entre ellos y con el espectador, tiene una potencia arrasadora, y que el director la utiliza de manera asombrosa para que la ironía, la emoción, la elegancia de lo «british» y la eficacia del cine made in Hollywoodse compenetren de modo que sea imposible zafarse de la emotividad de un retrato sobrecogedor e inteligente. Y en el vértice donde se cruza este choque interpretativo, permanece atenta, discreta y cautivadora Helena Bonham Carter, que deja un dibujo simpático y ¡sobrio! de Isabel Bowes-Lyon, a la que hemos visto en la realidad en el papel de peculiar «Reina madre» de Isabel II.
Al final, lo que queda de «El discurso del Rey», además del asombro de las interpretaciones, es esa idea de superación, de logro y hasta de conquista de unos valores y principios ante los que no se puede ni enmudecer ni tartamudear.




