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Un triste día a comienzos de 1920 falleció en la madrileña calle de Hilarión Eslava, donde vivía con total modestia y en casa prestada por un sobrino, el novelista que había sido capaz de «revelar España a los españoles»: Benito Pérez Galdós. Testigo de su comitiva fúnebre, que pasó por la Puerta del Sol, fue un joven yanqui que formaría parte de la «generación perdida», junto a Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. Su nombre era John Dos Passos y estaba tan de-subicado en España como otro escritor con futuro, el británico Gerald Brenan. Este se aposentó por entonces en las Alpujarras para olvidar la horrible muerte de las trincheras de la Primera Guerra Mundial que había padecido, pero sobre todo «porque era el lugar más barato donde podía vivir». Ambos pensaban que el contacto con el «alma popular» salvaba y ambos creían tener pecados que purgar por su elevado origen social.
Jóvenes e inexpertos, buscaban un alma de España orientalista de bandidos y cármenes que, previo pago, podían encontrar sin dificultad en los tablaos de postín. Aquella imagen romántica —Dos Passos lo entendió con rapidez, Brenan halló que servía bien sus propósitos hedonistas— era la opuesta a la que Galdós había defendido toda su vida. Lo suyo había sido levantar un friso de dignidad, rescatar la vida verdadera de una patria mortecina y traicionada por las elites dinásticas y políticas en un siglo de zozobra. De su éxito en esa empresa que fueron los «Episodios nacionales» habla bien la existencia de un adjetivo incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, que define «galdosiano» como «lo perteneciente, relativo o característico» de su obra.
Fueron cuarenta y seis volúmenes, divididos en cinco series, editadas entre 1873 y 1912. En ellos, como ha señalado el historiador Jordi Canal, «Galdós reconstruyó literariamente la historia española entre la batalla de Trafalgar y los inicios del Régimen de la Restauración, de 1805 a 1875». Justo al comienzo de la segunda serie, escribió: «Los libros nos vuelven locos con su mucho hablar de los grandes hombres. Sabemos por ellos las acciones culminantes, que siempre son batallas, carnicerías horrendas o empalagosos cuentos de reyes y dinastías y, entretanto, la vida interna permanece oscura, olvidada, sepultada». Luego llega la posteridad justiciera, que pone las cosas en su sitio, «quiere hacer revivir ante sí a otros grandes actores del drama de la vida, a aquellos para quienes todas las lenguas tienen un vago nombre, y la nuestra llama Fulano y Mengano». El español de la calle, para entendernos, a quien Galdós quiere contar otra cosa, un relato de dignidad y esperanza. Por eso, con toda intención, en los «Episodios»tienen relevancia los personajes secundarios, invisibles en los folletines de época y las historias encumbradas. La trama en ellos, esto es importante, es abierta, carece de determinismo, y en eso se hace visible el liberalismo del novelista, que muestra a sus personajes elegir entre múltiples posibilidades. Existe, como es lógico, un trasfondo moral, porque nada en esta vida —qué momento para recordarlo— sale gratis. El que la hace, la paga, y en la vida, que es un viaje muy largo, hay tiempo para todo.
El marino Diego Ansúrez, protagonista de «La vuelta al mundo en la Numancia», se casa en 1849 con una monja escapada de un convento. Se llama Angustias,pero es rebautizada como Esperanza; la hija de ambos será Marina. A bordo del navío, señala: «¿He dado la mitad de la vuelta al mundo, o es el mundo el que ha dado media vuelta en derredor de mí?» Semejante proclamación de libertad, así como una lucha implacable contra los tópicos románticos y la leyenda negra, la llamada «veta brava» de la imagen de España, distanciaron —a su pesar— a Galdós de la Generación del 98. Mejor para él. Hoy las pesadeces noventayochistas de la «España que no pudo ser», el fracaso obligatorio y la novelita de buenos y malos de la Guerra Civil, tan veneradas por algunos, son las que suenan a cartón piedra.



