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A lo largo de los años, volví a coincidir varias veces con Isaac Díaz Pardo, pero nunca olvidaré aquel primer encuentro con un intelectual mítico
CONOCÍ a Isaac Díaz Pardo de la mano del catedrático de la USC y hasta hace bien poco presidente de la Real Academia Galega, Xosé Ramón Barreiro Fernández. De buena mañana, nos condujo a un grupo de doctorandos como de procesión al pequeño habitáculo que obraba de despacho a pie de fábrica en la factoría de O Castro-Sargadelos en Sada. Allí, entre cientos de papeles, bocetos, libros, facturas y pliegos enrollados de mil maneras, nos encontramos a Isaac Díaz Pardo. Sería el año 1984, Isaac tendría entonces unos 64 ó 65 años, se mostraba enjuto y fuerte, siempre ha sido así, pero su rostro surcado por la vida y su mirada entre curiosa y escéptica, parecían corresponder a un hombre mucho mayor, revestido de la dignidad de quien no ha hecho otra cosa que trabajar sin descanso toda su vida, persiguiendo un sueño que era un país entero.
Fue una larga entrevista, aquella panda de cadetes atrevidos pasábamos el tiempo pisándonos la palabra, tratando de explicar al viejo maestro nuestros «imprescindibles» y «definitivos» avances en la investigación histórica del Antiguo Régimen gallego. Isaac, embutido en la raída chaquetilla azul mahón de linotipista que le acompañaba a lo largo de sus muchas horas de trabajo, asentía y sonreía a todos. Yo creo que le divertían nuestras soflamas punto grandilocuentes, nuestros mediterráneos descubiertos y por fin revelados al hombre que más exacta idea tenía entonces de la realidad profunda de Galicia.
Luego nos llevó de paseo por el pasmoso complejo, aquella especie de Bauhaus a la gallega que era O Castro; con la factoría de cerámica, heredera de las primeras glorias industriales del país, traídas a la Mariña luguesa por Antonio Raimundo Ibáñez, un sorprendente episodio de historia industrial, extraordinariamente glosado en la novela «Azul Cobalto» (Edhasa) por Alfredo Conde, que es, que yo sepa, además de otra gloria de nuestras letras, el único autor gallego con el que comparto editorial. Tras la fábrica, recorrimos junto a Isaac el Museo Carlos Maside, memoria viva de nuestra gloriosa vanguardia y ese maravilloso secreto guardado que supone el Laboratorio Xeolóxico de Laxe, recuerdo de la obra monumental del profesor Isidro Parga Pondal.
A lo largo de los años, volví a coincidir varias veces con Isaac Díaz Pardo, pero nunca olvidaré aquel primer encuentro con un intelectual mítico, a la florentina, el único artista total que nos quedaba. Un hombre cuya evidente grandeza sólo estaba a la altura de su propia y sincera humildad. Estos días leí un excelente obituario escrito por el foto-periodista Vitor Mejuto, en él reflejaba una anécdota del maestro que lo define mejor que cualquier otra frase o loa. Hablando de la creación junto a Luís Seoane del Laboratorio de Formas de Sargadelos, Isaac definía así su propia y titánica labor: «Luis Seoane poñía as ideas, eu facía os cacharritos».












