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De la posible extinción de los «dinosaurios» continentales al incipiente recrudecimiento de la amenaza islamista: en el continente africano, las perspectivas de futuro discurren entre la esperanza y el continuismo.
En Somalia, la piratería en aguas del Índico (a manos de la milicia de Al Shabab) vislumbra un cambio drástico en su estrategia por mantener el monopolio en el negocio de los secuestros. No es para menos. De 187 de su acciones en las costas de Somalia y el golfo de Adén en los primeros seis meses de 2011, tan solo 22 tuvieron «éxito» y concluyeron con el secuestro de la tripulación.
La consigna pirata para el nuevo año parece clara: dinero rápido y sin complicaciones. Y capturas de occidentales en tierra con el apoyo de ex milicianos islamistas (preferentemente en la frontera con Kenia).
Sin embargo, la cruzada contra la infamia fundamentalista-pirata no es monopolio exclusivo del Gobierno somalí. En Nigeria, el presidente Goodluck Jonathan deberá hacer frente a la creciente amenaza de la secta fundamentalista Boko Haram, que se ha cobrado la vida de al menos 76 personas en varios atentados en las navidades. ¿En juego? La estabilidad regional de un gigante irreal donde conviven más de 167 millones de personas repartidas, casi a partes iguales, entre cristianos (sur) y musulmanes (norte).
Mientras, y a la dudosa espera de que sean neutralizados los islamistas radicales, el resto del continente vislumbra un esperanzador horizonte sin dictaduras. En Zimbabue, el presidente Robert Mugabe asegura que celebrará elecciones (de momento, sin fecha precisa) para poner fin a un tormentoso «Gobierno de unidad» y, quizá, a más de tres décadas de dictadura. Mientras, el angoleño José Eduardo dos Santos (en el poder desde 1979) deberá enfrentarse a una nueva reválida en los comicios parlamentarios previstos para fin de año.
No menos apasionantes se presentan las presidenciales kenianas, tras la ola de violencia post electoral que sacudió el país en su última cita electoral a finales de 2007. En el recuerdo de aquellos enfrentamientos tribales, cerca de 1.500 muertos y seis inculpados por la Corte Penal Internacional; pero sobre todo, la firme creencia de que el mejor modo de construir el futuro es aprender de los errores del pasado.









