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Libros / LOS DOMINGOS DEL PREMIO PLANETA 2011

Javier Moro: «Mis hijos creen que su papá ha ganado una regata de libros»

¿Qué querrá hacer los domingos uno de los escritores más viajeros y aventureros de España, un hombre que donde pone el ojo pone la leyenda? Pues dejarse de historias y estar con sus hijos

Día 08/01/2012 - 01.47h

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Es imposible escribir con el ímpetu que escribe Javier Moro sin retratarse. Sin sembrar lo que se escribe de espejos. Así en «El imperio eres tú», la epopeya sobre Pedro I de Brasil que le ha valido el premio Planeta, leemos que aquel emperador «capaz de recorrer sin desmontar sesenta kilómetros a caballo o estar un día entero sin probar bocado», de navegar océanos de enemigos y de fascinar mujeres inolvidables, incluida la suya, tenía un inmenso punto sensible «que se manifestaba en su amor incondicional a los niños».

Y como el amor es igual que el agua, que siempre se abre camino entre los dedos, cuando llega el fin de semana y no está de viaje Javier Moro lo para todo para estar con sus hijos Sebastián, de ocho años, y Olivia, de cinco. «Primero retozamos un buen rato en la cama, viendo dibus», nos cuenta, «hasta que cojo la perra, cojo las bicis y nos vamos al parque Juan Carlos I o al Retiro». Allí pasan no menos de tres horas jugando y haciendo correr a la perra. Luego, los niños proponen ir a un McDonald's a o a un restaurante chino, y el padre, siempre que puede, enfila hacia el chino.

Si llueve, invitan a comer a casa a la suegra o a la madre del escritor, francesa y hermana del también autor de importantes best-sellers Dominique Lapierre (que es el tío de Javier Moro, aparte de su mentor). «Pero mi madre está absolutamente españolizada», reivindica satisfecho. A la comida seguirá una sesión de cine infantil capaz de poner a prueba el heroísmo de cualquier padre. «No he visto menos de cuarenta o cincuenta veces la película Kung Fu Panda», relata nuestro hombre como quien relata el paso de las Termópilas.

Da gusto encontrar a alguien que concilia la vida familiar y la laboral con tanta alegría… lo cual no significa que siempre salga bien, o que sea fácil. Ser escritor parece un paseo militar por los campos de la inspiración. Solo Javier Moro sabe la piel que se deja en cada libro, que por momentos le hace desaparecer bajo un caparazón aparentemente antisocial. «Pero es que no se puede ser escritor a medias, no se puede negociar», se lamenta, para concluir que «escribir es como tener una vida de más, una vida extra; el problema es sacar tiempo para vivirla».

Ayuda que tus aliados estén creciendo. Los hijos de Javier Moro asistieron a la presentación en Madrid del premio Planeta cámara en ristre y tomando fotos de papá. ¿Qué pensarán ellos de lo que está ocurriendo? «Mi mujer, que es una gran amante de la vela y es regatista, se lo explicó diciéndoles: “Papá ha ganado una regata de libros”», nos cuenta emocionado.

¿Sería más fácil llevar la vida que lleva Javier Moro si fuese menos cariñoso y más misántropo? Él reconoce que da salida a su verdadera naturaleza en la fase de investigación de sus historias, «que es cuando conozco gente y hago amigos, a veces amistades que duran muchos años». Y también cuando llega la hora de promocionar la obra: «Hay escritores que odian la promoción; es verdad que es cansada, pero también es una bocanada de aire fresco, te obliga a salir, si no te quedas muy solo, y ya dicen que no es bueno que el hombre esté solo…».

Sus planes incluyen seguir escribiendo de países exóticos «hasta que esté mayor y ya solo pueda ir a investigar en silla de ruedas a la Biblioteca Nacional; entonces escribiré más sobre España», bromea. Él ha vivido cinco años en Francia, seis en Estados Unidos, dos en Brasil, y no descarta nuevas estancias en el extranjero. Dice que es bueno «salir a palpar el mundo» y critica la tendencia de muchos españoles a «mirarse demasiado el ombligo».

Le espantan los cainismos de aquí, las corrupciones y cierto «catetismo» autonómico: «España se ha catetizado mucho, ahora todo el mundo es de su pueblo y nadie es de su país». Pero a su juicio casi todos los males nacionales se concentran en la esfera pública o política, mientras en la esfera personal y cotidiana española se encuentra oro puro. «Vivir aquí es tan maravilloso y entrañable que, por lejos que me vaya, siempre querré volver», promete.

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