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Internacional / Carrera presidencial en Estados Unidos

Dilema republicano: el poder o la Biblia

Los caucus de Iowa ponen al descubierto la división del partido por la radicalización de sus bases más derechistas

Día 06/01/2012 - 16.26h

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Los caucus republicanos celebrado el pasado martes en Iowa no han despejado las dudas que angustian al «Gran Old Party». Los escuálidos ocho votos de ventaja que sacó Mitt Romney al ultra Rick Santorum reiteran la profunda división que reina en la formación conservadora estadounidense. Casi nadie duda de que Romney es el candidato ideal para enfrentarse a Obama con verdaderas posibilidades de victoria. Sus credenciales para este momento de dificultades económicas son intachables para luchar contra la crisis y reducir el paro: gestionó con éxito los Juegos de Invierno de Salt Lake City en 2002, que estuvieron al borde la bancarrota, hizo una notable labor como gobernador de uno de los Estados más progresistas de EE.UU., Massachusetts, entre 2003 y 2007, y en los años 80 y 90 se labró un apreciable prestigio como ejecutivo de una empresa de inversión en capital riesgo. En teoría, la victoria en las presidenciales de noviembre parece allanada por el rotundo triunfo republicano en las legislativas de 2010 y un presidente Obama maniatado que no logra reflotar la economía.

Sin embargo, el exgobernador de Massachusetts no entusiasma, le falta carisma y capacidad de comunicación. Además hay cosas que producen sarpullidos en el «Tea Party» y asimilados. La reforma sanitaria aprobada en Massachusetts, muy similar a la de Obama y el no frenar el matrimonio de los homosexuales son pecados que no le perdonan. Sus recientes declaraciones y guiños a la derecha son vistos además como una confirmación del odiado prototipo de político oportunista y chaquetero. Su condición de mormón le añade otra herejía a ojos de la derecha evangélica.

Pelotón de segundones

Lo que sí ha aportado la peculiar votación asamblearia de Iowa ha sido un primer corte entre los aspirantes. Una de las principales representantes del «Tea Party», Michele Bachmann, la ultraconservadora congresista por Minnesota, no tardó ni 24 horas en anunciar su retirada después de no llegar al 10% de los votos en el Estado que nació y creció. Otro perjudicado, el gobernador de Texas, Rick Perry, llegó a considerar la renuncia, aunque se mantiene en la carrera. Siguen también en la pelea dos aspirantes con muy escasas opciones de ganar unas elecciones presidenciales, el sorprendente Santorum y Ron Paul, un político que va por libre, enemigo del gasto público y de las aventuras bélicas exteriores. Junto a ellos, solo un político de fuste en el sentido tradicional del término, Newt Gingrich, expresidente de la Cámara de representante, que apenas arañó un 13%, pero que espera recuperar brío en las próximas contiendas.

Ahora el hombre del «momentum» es Santorum. Con 53 años y padre de siete hijos, este veterano exsenador defiende ante todo a la familia tradicional y los «valores bíblicos» frente a los ataques de los «valores seculares», con el aborto y el matrimonio homosexual como principales amenazas. Su conservadurismo religioso ha sido el caballo de batalla en los 16 años que ha pasado en el Capitolio y el pilar de su campaña. Como hombre más a la derecha de la derecha ha sabido atraerse gran parte del voto evangélico y con su sorpresa en Iowa emerge como la alternativa más firme al pragmatismo y aparente centrismo de Romney. Sin embargo, aunque hasta las próximas primarias todos los focos estarán centrados en él, se encuentra en clara inferioridad frente al exgobernador en dos elementos claves de la campaña: dinero e infraestructura.

Siguiente «round»

La siguiente parada es New Hampshire, donde Romney debería ganar con comodidad este próximo martes, si se cumplen las previsiones de las encuestas. Pero a la vuelta de la esquina está Carolina del Sur (21 de enero) estado con fuerte presencia de la derecha religiosa y evangélica. La confirmación de la alternativa de Santorum sería la mejor noticia para Obama y su equipo. Desgastaría a Romney, al que obligaría a escorarse demasiado a la derecha, y ofrecería la imagen de un partido dividido con una derecha intransigente y ultramontana.

El dilema republicano puede cobrar tintes dramáticos ante la posibilidad de que su propia división provoque una nueva derrota ante los demócratas. La victoria por la mínima de Romney ante un pelotón de segundones a escala nacional ha multiplicado las dudas. En cualquier caso queda mucho por decidir y la carrera solo acaba de arrancar. Romney puede acabar imponiendo su condición de favorito, Gingrich quizá remonte o incluso surja algún nuevo aspirante. Pero en el horizonte comienza a vislumbrarse una encrucijada decisiva con dos caminos: el de un candidato moderado que sepa ganarse el decisivo voto del centro y presentarse como una solución al mal momento económico o el de un aspirante ideológico con una fuerte impronta de valores religiosos y morales. El extremismo que bulle con fuerza en el seno del partido republicano juega en contra de sus opciones de triunfo, pero está por ver si el dinero y el peso del «establishment» conseguirán imponerse.

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