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Galicia / la garita de herbeira

Navidad celeste

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El maestro Mateo lo explica en su Pórtico si miramos al mediodía

Día 29/12/2011

SE ha descubierto un remoto planeta habitable. Se pueden acechar planetas en la noche estrellada igual que perdices en los trigales. Unos por su luz en lugares inesperados. Otras por su canto indicativo de su querencia, majestad o deseo amoroso. Pero las técnicas de acecho cambian. Los viejos astrónomos, como los cazadores de oficio, buscaban de modo diferenciado sus trofeos donde pensaban que podrían estar de acuerdo con el momento. Hoy, los nuevos cazadores van a lo que salga y ocultan sus capturas.

Herschel encontró el planeta Urano una noche de 1781 que estrenaba un telescopio newtoniano que se había construido, aunque entonces pensó que era un cometa.

Pero el descubrimiento de Neptuno no se debe al azar, sino a ese genial prejuicio occidental de que la realidad no es un caos entrópico, sino que tiene orden, es decir, es un Cosmos. Un universo, el Uno en lo vario. El joven astrónomo Leverrier, aconsejado por Arango, se puso a estudiar las anomalías de la trayectoria de Urano tratando de desvelar su misterio. De ese modo, descubrió otro planeta en su libreta de cálculos matemáticos. Y, como la naturaleza imita al arte, el misterioso Neptuno apareció donde el sabio cazador Leverrier dijo que había que apuntar el telescopio.

El Uno se había retirado dentro de sí para que el Dos apareciera, más luego el discurso racional se ve desbordado, toda ciencia trascendiendo. El misterioso y poderoso Orión, con su precioso tahalí del que cuelgan mundos gigantescos, se muestra en el cielo del Sur del hemisferio boreal. Pero el cazador es cazado. «El sol pace estrellas en campos de zafiro», nos contaba Góngora.

Entre la más profunda oscuridad nace el Sol en su majestad, una hierofanía en el cielo donde la Razón escribe con letras de tenue luz las leyendas de los dioses, los héroes y los hombres, de modo ajena a la tornadiza e incierta voluntad humana, bien por método místico o bien por intuición en la contemplación interior. Y así, en la conciencia del hombre se reflejan las glorias del Universo, el Ser tomó en su propia intimidad una forma sensible y el Espíritu le asignó sus dimensiones. Y la Luz empezó a brillar en su interior porque por primera vez reflejaba su verdadera naturaleza.

La Luz mayor retorna a nacer otro solsticio de invierno. Y con ella la energía renovada de la Creación que nos invita a todos a participar en la Gran Obra.

El maestro Mateo lo explica en su Pórtico si miramos al mediodía. Ahí están los dos San Juanes solsticiales, el Evangelista, hacia el Oriente y el Bautista hacia Poniente: en sendos pilares que sujetan la bóveda símbolo de la celeste. Y desde la galería del triforio, arriba del Pórtico, se puede contemplar el agnus dei en la clave de la bóveda, cerca del hastial occidental. El agnus que es el fuego manifestado. Símbolo de un sacrificio y de una alianza. El Logos, que habitó entre nosotros y que todos los años renueva su invitación a sumarnos a su energía creativa, se manifestó una vez en la caverna iniciática del renacer espiritual en la extraña compañía de cuatro criaturas estériles: una virgen, un anciano, una mula y un buey. Adorados por miríadas de estrellas que se atraen gracias a la gravitación universal, ley del Amor.

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