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Detrás de un gran libro, disimulada pero atinadamente se esconden muchas personas y oficios, muchos corazones que se encargan de que las palabras del autor no caigan editorialmente en saco roto. Es un trabajo lento, minucioso, a menudo silencioso y que la gran asamblea de los lectores no siempre conoce, aunque el resultado de ese esfuerzo casi siempre titánico lo tenga entre las manos.
Traductores, correctores, impresores ponen en negro sobre blanco lo que los ensayistas, los novelistas, los poetas, han dejado escapar de su imaginación. Pero alguien falta en este delicioso mecano de la literatura impresa, del libro que nos ayuda a caminar. Falta, sí, ya es hora de decirlo, el editor. El mariscal que tiene la visión de conjunto, el que decide, el que tiene mando en plaza literario, el estratega y también en el gourmet. Ellos crean las colecciones, ellos ordenan, revisan, recuerdan, desempolvan.
Esa terrible enfermedad que todos conocemos y a la que todos tememos hasta el punto de no mencionarla quizá con el sueño de exorcizarla ha acabado con su vida a los 52 años de edad, de forma cruel y sibilina, sin que un solo momento Nicanor le volviera la cara y se defendiera de ella como un titán. Los que no teníamos la fortuna de la cercanía de su intimidad le conocíamos de manera profesional gracias a los encuentros, casi siempre desayunos, en el auditorio del Círculo de Lectores (Casa Ferreira, como solemos decir los colegas, por Lola, jefa de prensa de Galaxia, y el camarada Miguel Ángel), donde a menudo Vélez, de forma humilde y cercana, hacía de maestro de ceremonias en la presentación de los libros que en muchas ocasiones le debían a él media vida. Parecía serio, quizá demasiado, pero dramático es decirlo, ahora desgraciadamente lo sabemos, la procesión iba por dentro, muy adentro. Hasta siempre Nicanor, solo podemos quedarnos con tus versos que a estas horas estarán brincando por los cielos de tu Medellín: «Tus párpados se mueven y la vida / respira. / Algo de transparencia se consume. / El mundo / se refleja en tu piel / cuando el dolor es una herida, / por aquellos que azuzan / la avidez, la desidia y la ambición, / y olvidan ese cuerpo / otro. / Y es ahí, bajo el filtro / de toda transparencia, / donde se ve en el rostro ese dolor / de humana hembra. / A sí misma se crea la mujer / para engendrar al otro».



