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Toneladas de sensualidad para el mayor espectáculo del mundo

La cantante de Barbados demostró que sobre el escenario no tiene rival

Día 16/12/2011

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Tic-tac-tic-tac… los segundos pasaban como una lenta cuenta atrás ayer por la tarde en los exteriores del Palacio de Deportes, donde docenas de personas, para suerte del telonero Calvin Harris, se agolpaban a las puertas del recinto deseando que Rihanna les explotase en toda la cara. La ansiedad se desbordaba antes de las ocho, cuando empezaron los primeros amagos de apertura de puertas. «¡Ya, ya!», exclamaba una efusiva madre —que parecía más una acopladaque la canguro del grupo—, al levantar a su pequeño regimiento de adolescentes para entrar, al fin, al «concierto perfecto, porque ella es perfecta». Ya podían sentir el olor de la victoria tras una larga espera, mientras las menos tempraneras se hacían fotos frente al autobús de Rihanna, posando con minifaldas que retaban la fría brisa que recorría la plaza. En estos conciertos lucir palmito es fundamental.

Suerte para Harris, decíamos, porque pudo desplegar su sesión de DJ frente unos cientos de personas que tenían unas ganas locas de bailar, aunque no fuera él quien las provocase por muy reputado que sea como DJ. Lo que estaba haciendo el público era calentar los músculos para darlo todo en cuanto apareciera la de Barbados, e intentar que alucinara tanto como ellos desde el minuto cero.

Mala estrategia. Porque el arranque del espectáculo de Rihanna te deja de piedra. Sale de dentro de una cápsula transparente con sus taconazos amarillos, su chaqueta azul eléctrico y su pose de stripper, y se tarda unos segundos en reaccionar y empezar a mover la pelvis al ritmo de la infalible «Only Girl in The World».

Ya está. La chica mala —no exageramos, sus médicos le han dicho que trasnoche menos y se cuide más— está sobre las tablas. Y la detonación es espectacular: juegos de pirotecnia, humo y luces, ocho pantallas gigantes emitiendo imágenes en fuertes sacudidas visuales, una fuerza de élite en forma de bailarines y Rihanna quedándose en bikini tropical abruman desde el escenario. En sólo unos minutos, el cuerpo de Rihanna se convierte en protagonista y la sensualidad brota desde las tablas sin cesar: la caribeña se sienta y se abre de piernas, gatea, bombea el pecho... Todas las artistas del dance-pop mainstream, Beyoncé, Lady Gaga, Shakira, se aprovechan mucho del componente sexual, empleándolo hasta el límite. Pero Rihanna lo traspasa. Durante buena parte del concierto, es como si sentase a su público en un taburete, para contonearse sobre él, bailándole un privado a 25 euros la hora. Sólo mirar, nada de tocar. Algo que debió costarle horrores al tipo que sacó de entre el público para hacérselo personalmente sobre el escenario.

No todo es sexo en la vida

Afortunadamente —aunque eso será discutible para muchos—, el show no se basa completamente en este cortejo. No le hace falta porque está perfectamente medido, con una dinámica casi perfecta, sin parones excesivamente largos y un brillante orden del repertorio, que mantiene la adrenalina a buenos niveles durante más de hora y media. Demostró la de Barbados que además de tener una voz que atrapa sin remedio—aunque la sospecha del pregrabado apareciese en algún momento—, está en una forma excelente. Hizo que el público vibrara sin cesar gracias también a una intensidad envidiable al afrontar cada tema. Ese ritmo no puede aguantarlo Madonna, por ejemplo. Y es quelos 23 años de Ri-Ri —así la llaman sus fans, y así lo escribieron en multitud de pancartas— son pura vida.

Su momento cumbre fue, como era de esperar, «Umbrella», pero otros instantes menos mediáticos, como el de «Man down» fueron incluso mejores. Qué fiera cantando reggae, señores. Eso sí, cuando se puso a tocar la batería hizo dudar de su sentido del ritmo. Es lo que tiene atreverse con todo. Que alguna cosa te tiene que salir mal. Si no, habría que empezar a preguntarse de qué planeta ha salido esta mujer.

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