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Alan Riding y su «Suite francesa»

El periodista de «The New York Times» disecciona la vida cultural y artística en el París ocupado por los nazis, en su libro «Y siguió la fiesta»

Día 12/12/2011
Alan Riding y su «Suite francesa»

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La caída de Francia, escribió Chaves Nogales en 1940, no es «el drama lamentable de un pueblo cobarde que no ha querido batirse…». Francia no luchaba contra un enemigo exterior «sino consigo misma. El estado totalitario aliñado de antisemitismo era un campo abonado para el ocupante nazi. En palabras del periodista sevillano, «la divinidad bárbara a la que Francia ha sido sacrificada por sus propios hijos».

El París que era una fiesta no cerró las puertas. Hasta 1942, Pétain aparecía como un personaje providencial, hasta que participó, endureciéndolo, en la redacción del Estatuto contra los judíos. El octogenario mariscal, como Drieu la Rochelle, Brasillach, Céline, Rebatet o los cachorros de la Action Française de Maurras eran más antisemitas que los propios alemanes. La herencia del caso Dreyfus.

En «Solstice de juin» Montherlant sugería que hay que resistirse al invasor, pero si vence hay que acceder a sus deseos. El mito de la cópula europea. El ario alemán es el macho y Francia la hembra. Némirovsky radiografió la psicología de los parisinos en «Suite francesa». El miedo suscita conductas censurables, casi siempre, a posteriori. En «Y siguió la fiesta« —Premio Internacional de Ensayo Palau i Fabre de Galaxia Círculo—, el periodista del «New York Times» Alan Riding disecciona el colaboracionismo con una doble pregunta: «¿Acaso trabajar durante la ocupación sugiere automáticamente un acto de colaboracionismo? ¿Tienen los pintores, músicos y actores más dotados la obligación de ejercer un liderazgo ético?». Nos responde: «Sin engañarnos demasiado, pintores, músicos, actores, cantantes de ópera, bailarines, no podían hacer otra cosa que seguir trabajando para su público para no morirse de hambre. Lo censurable es cuando aceptas ingresar en el Instituto Alemán, se te ve cenando con mandatarios nazis en el Maxim's, o participas en viajes propagandísticos a Alemania».

En octubre del 41, pintores fauvistas como Vlaminck, Dérain o Van Dongen salían de la Gare de l'Est rumbo a Berlín y un mes después Drieu la Rochelle y Brasillach asistían al Congreso de Escritores Europeos en Weimar, acompañados de Gerhard Heller, oficial alemán encargado de la censura literaria. La notoriedad social del intelectual, apunta Riding, «conlleva responsabilidad y si uno es conocido se le toma como referente moral».

La Resistencia francesa llegó tarde. Otto Abetz, el hombre fuerte de la Ocupación, no recordaba a ningún intelectual francés que hubiera declinado una invitación suya. El «Groupe Collaboration» que organizó con Laval contaba en 1944 con 42.000 miembros, entre escritores, músicos y pintores.

La lucha por la supervivencia tiene su dramatis personae. Céline escribe furiosos panfletos, pero no acepta subvenciones del ocupante; la actriz Arlety se echa un amante alemán; Picasso se dedica a pintar y evita compadreos con los nazis; Jünger disfruta de la cultura francesa y Goering desvalija museos; Brasillach y Rebatet se ensañan con los judíos en el semanario «Je suis partout»; Sartre y Camus publican sin problemas con la censura nazi: «Sartre no fue un resistente, pero al acabar la guerra construyó el mito de la Resistencia con él de protagonista», ironiza Riding; Clouzot rueda «El cuervo», una de sus obras maestras; Malraux no se une a la Resistencia hasta el 44; Pétain pasa de héroe a encarnación del mal; a Guitry le puede la vanidad y acaba enredado en el colaboracionismo; el periodista americano Varian Fry llega a Marsella para salvar doscientas personalidades de la cultura y consigue ayudar a dos mil; Piaf y Chevalier actúan ante los prisioneros franceses…

Francia, concluye Riding, es un país educado para venerar las teorías, propenso a los extremismos. De la revolución al comunismo y el fascismo: «Los intelectuales franceses no gozan ya de la autoridad de antaño porque sus espejismos utópicos se han desvanecido». Cuando llegaron los alemanes, escribió Némirovsky, los franceses «estaban cansados de la República como de una vieja esposa. Para ellos la dictadura era una cana al aire, una infidelidad. Lo que querían era engañar a su mujer, no asesinarla. Ahora que ven muerta a su República, su libertad, lloran». Eran las últimas notas de la escritora en «Suite francesa», poco antes de ser detenida en 1942 por gendarmes franceses y deportada a Auschwitz.

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