En Vídeo
En imágenes
En Bab Touma, el barrio cristiano de Damasco, ya nadie sonríe. Desde la ciudad de Homs, que parece definitivamente tomada por los opositores al régimen, llegan noticias preocupantes: se dice que los insurgentes amenazan a los cristianos para que se unan a la rebelión. Imposible comprobar si el rumor es cierto, pero poco importa: basta para extender la preocupación entre las minorías, que temen lo que puede venir si cae el régimen.
Las revueltas contra el presidente Bashar al Assad amenazan con hacer saltar el complicado equilibrio étnico y religioso de Siria, donde conviven no menos de cuatro ramas diferentes del islam, seis del cristianismo, y otras comunidades minoritarias como kurdos, circasianos o armenios. «Una cosa que muchos sirios han tenido clara, especialmente las minorías, es que si en Siria no hubiese una dictadura, podría haber una guerra civil como la del Líbano. Hasta ahora había consenso sobre la buena convivencia entre comunidades», explica a ABC la arabista Eva Chaves.
Tres cuartos de la población del país son musulmanes suníes, pero los puestos clave del país, incluyendo el Gobierno y la jefatura del Ejército, están en manos de la minoría alauí, a la que pertenece Al Assad, y que apenas supone un 12 % de sus habitantes. La explicación es en parte histórica, puesto que, durante la época colonial, los franceses favorecieron a las comunidades consideradas más fiables. «Como los circasianos y los drusos, los alauíes se unieron a las Tropas Especiales porque a menudo no existía otro empleo, y porque los franceses lo promovieron a las minorías como fuerza de choque para suprimir desórdenes por todo el país», escribe el historiador y periodista británico Patrick Seale.
La carrera militar se convirtió en el único medio posible de ascenso social para los jóvenes alauíes. Ello garantizó la presencia de oficiales de esta minoría en casi todos los golpes de stado en la Siria poscolonial, incluyendo el de 1963, que llevó al poder al partido Baaz y al clan de los Assad.
Para contrarrestar el dominio alauí de altos cargos, el régimen de los Assad ha jugado siempre la única carta unificadora posible: el nacionalismo árabe y la resistencia contra Israel. Eso, a su vez, ha supuesto la marginación de la gran comunidad no árabe del país: los kurdos, que suponen más de un 10 % de la población.
Ahora, todo ello pende de un hilo. Aunque es patente la presencia de miembros de estas comunidades en las manifestaciones de la oposición, la mayoría de ellos cierran filas en torno al régimen: no sólo alauíes, sino también cristianos y drusos (un 10 y un 3% de la población, respectivamente). Los kurdos, por su parte, están totalmente divididos entre aquellos que esperan lograr concesiones del Gobierno y los que se han alineado abiertamente con los opositores.
«Cristianos y alauíes viven su vida, sin grandes prohibiciones religiosas ni recortes de libertades, haciendo cosas como vestir con minifalda y beber en público. Ahora, sienten que estas costumbres están amenazadas si triunfa lo que perciben como una revolución de corte islamista», indica Chaves.
«Lo peor es que se vean forzados a posicionarse», dice esta experta, que relata el caso de unos conocidos suyos, cristianos armenios, que se han visto obligados a emigrar al norte desde la turbulenta ciudad de Deir Az Zor. «Su tienda apareció con los cristales rotos al principio de las revueltas, y tenían miedo de que se les acusara de colaborar con el régimen», cuenta Chaves. Su historia, obviamente, no es excepcional.
«Creo que las minorías van a luchar por quedarse donde están, pero muchos, por miedo o intranquilidad, se acabarán yendo», insiste Chaves. Mientras tanto, el tañido de las campanas de las iglesias de Bab Touma nos llega intenso, como una afirmación de esa voluntad de seguir existiendo como hasta ahora. Como iguales en un país complejísimo.









