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La Navidad se vive con la zambomba

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Félix Nolasco, artesano de Guadalajara, lleva más de veinte años dirigiendo un taller de zambombas

Día 28/11/2011

Hay pocas cosas en España que resistan tanto el paso del tiempo y los cambios de la modernidad que las navidades, esa época que, si por algo destaca, es por su arraigo en la más absoluta tradición y que tiene unas señas de distinción propias, entre las que se encuentran los Reyes Magos, el aguinaldo y los villancicos, siempre acompañados de panderetas y zambombas. En estos tiempos de Play Stations e Ipads y de videoconsolas, el hecho de que una familia se reúna y cante las tradicionales canciones navideñas al son descompasado de una pandereta y bajo el sonido acuático de una zambomba supone una estampa atemporal.

De todos los instrumentos que dan brillo a los villancicos, la zambomba quizá es el más peculiar, tanto por su forma de tocarlo —que pudiera parecer obscena— como por su sonido y, especialmente, por su continente: una especie de barril de cerveza de los que los San Bernardos llevan colgados en el cuello.

«Si tienes un buen barril, tienes una buena caja de resonancia y éste puede ser de cristal, de metal o de barro, aunque el típico es el de madera», relata Félix Nolasco, un artesano de 59 años, que lleva más de veinte dirigiendo en Guadalajara un taller de manufacturación de zambombas en la escuela de folklore que lleva su nombre y el de sus antepasados.

Artesano por tradición familiar, Nolasco lleva a cabo, desde hace dos décadas, este curso, donde imparte a una decena de personas nociones básicas para construir una zambomba de forma casera y que culminará el próximo 15 de diciembre con una gran zambombada.

La zambomba es un instrumento cuyo origen está en África y que llegó al resto del mundo a través de los esclavos, aunque, desde su desembarco en España, siempre gozó de arraigo.

Es un instrumento membranófono frotado de forma indirecta, cuyo sonido lo produce la vibración de una piel —de cordero, cabrito, cabra o conejo— provocada por la fricción sobre una caña o cuerda unida a ella, y que, pese a su popularidad, no es muy común saber tocarlo.

Hasta el propio Nolasco le dice a sus alumnos que lo difícil no es construirlo, sino tocarlo, poco después de ver terminada la primera de las zambombas del taller, que hoy sólo precisan media hora de trabajo manual.

«Antes uno invertía casi una semana en su manufacturación porque había que matar y despellejar al animal, para después secar, esquilar y, posteriormente ablandar con agua su piel», recuerda este artesano.

Hoy en día, tanto el barril como las pieles vienen manufacturadas y lo puede preparar cualquier persona.

A pesar de que la demanda de zambombas ha disminuido considerablemente, iniciativas de este tipo están destinadas a su supervivencia y son las que hacen que gente como Nicolás se aproxime al instrumento.

Porque para Nolasco, por encima de la demanda y de la oferta, está el dogma más importante: «La Navidad se vive con la zambomba».

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