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La enigmática vida de Ernesto de Hannover

Para Mónaco, el sur de Europa y el propio Vaticano el alemán sólo ha tardado en revelarse: cervecero, peleón y urinario

Día 21/11/2011 - 10.57h

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No sabía dónde se metía al poner el pie en el soleado principado, el bueno de Ernesto Augusto. Pese a subir a la roca monegasca, para él era casar hacia abajo; para Carolina, hacia arriba: de serenísima a real, del casino de Montecarlo a la Historia. Pero más serenamente le hubiera ido seguir de ilustre viuda.

La hija de Rainiero y Gracia casaba nada menos que con el jefe de la casa de los Güelfos, que dio la casa real inglesa; pero en realidad tropezaba por tercera vez en la misma piedra. El príncipe de Hanover -pese a entrar él en casa soberana- descendía en cambio, del impagable anominato del gran ricohombre alemán, a la ensalada de higadillos de los kioskos del lunes y el jueves. Ni la serenísima de Lagerfeld ni el hígado del Güelfo han soportado el cambio de estado.

Para la estirpe de Hanover -y Windsor-, que están en la comedia del Dante, en la tragedia de Shakespeare y en el genoma del Gotha, es lo que pasa por liarse con el sur católico y su espectáculo de color; el alemán tuvo que pedir permiso a Buckingham, renunciar a la línea de sucesión y su hija Alejandra no tendría bautismo romano.

Para Mónaco, el sur de Europa y el propio Vaticano -el cual ya exculpó una vez a Carolina de su inconsciencia- el alemán sólo ha tardado en revelarse: cervecero, peleón y urinario. Y la princesa ha hecho bien en fugarse y reaparecer para la temporada en el Náutico de Montecarlo. Su antigua amiga, Chantal Hochuli, se lo habrá dado por bien empleado; a ambos: era ella la esposa del príncipe, hasta que irrumpió la leyenda monegasca de los 80.

Ahora, desde que al príncipe lo internaron este verano tras un exceso ibicenco, llamar de castillo en castillo en pos suya ha sido arduo e infructuoso. Hasta que en octubre ha reaparecido en el juzgado de su partido, en Celle, donde se levanta el formidable castillo solariego. Esta vez no era nadie contra él, sino el propio Ernesto contra su abogado. Éste, más que defenderlo de su bronco contencioso keniata, había hablado de más en el juicio, metiendo al príncipe en un brete de 200.000 de euros en compensaciones. No quita que Ernesto tendrá que seguir pagando al hostelero alemán, al que zurró en el 2000 en estado de sobrealteración, en una discoteca de la isla índica.

La temporada se le ha venido complicando y no sólo por el abandono familiar: el constitucional alemán le ha denegado la devolución de propiedades en el Este, a las que renunció en nombre de todos el canciller Helmut Kohl, motivo por el que la aristocracia alemana abjura del orondo renano.

Habrá quien se pregunte qué hace un príncipe sin trono en sus ratos, aparte de empinar la trompa o emprenderla a trompazos. Pero quien también es jefe de la casa ducal de Braunschweig y agricultor, ha hecho una profesión del cine documental, especialmente sobre animales, amén de los innumerables negocios y la gestión que impone el patrimonio principal. Hace poco se puso a hacer orden en Celle y le sobraba tanta morralla en los sótanos que Sotheby's le organizó con ella la mayor subasta de su historia. Cómo serán las propiedades principales que, pese a las pérdidas en Alemania oriental y el Este, a su heredero -el hijo primero de Chantal- le cedió Marienburg, todo un real sitio.

Las mujeres de Ernesto

En 1981 se había casado con la suiza, que 16 años después le interpuso una demanda de divorcio en Londres por engaño con otra mujer (no nombrada en el caso). Dos años después se casó con la monegasca. Chantal y Carolina habían grandes amigas; dejaron de serlo. Pero para Rainiero, culminaba el sueño de Grace, que siempre vio en el güelfo el predestinado para su hija: "por fin uno de los nuestros", murmuró el viejo príncipe, pues se diría que las que resultan predestinadas a holgar entre golfillos eran sus hijas, con tres matrimonios fallidos por pareja, por no hablar del heredero Alberto, forzado a reconocer a dos hijos secretos.

La enigmática vida de Ernesto de Hannover
Los príncipes, el día de su boda

Y allí empezó el calvario de Ernesto a todo color. Los monegascos habían hecho del kiosko la mejor embajada de un principado sin legaciones. Y en cuanto se vio al príncipe con Carolina, tras el aún discreto -en términos de una gran casa europeas- divorcio, las siete plagas de la prensa intestina cayeron sobre el inadvertido. Un paraguazo a un cameraman fue registrado por el propio operador, en una secuencia que aúncircula en internet y le ganó el apodo del "príncipe mamporrero". Más de 50.000 euros le costó, pero antes que aprender, al poco en el festival de Salzburgo, un empellón a una fotógrafa insistente de Bunte, le desposeyó de otros 250.000 euros.

Luego fue el episodio urinario en la Exposición Universal de Hanover, en el 2000, que amén del enojo diplomático turco lo condujo a una pelea inútil con el poderoso diario Bild. Sus amigos dicen que, el antes desconocido estrés periodístico, era insoportable y lo empujó a la bebida, cosa que sucede hasta en las peores familias. Pero además de mofas también ha concitado partidarios: Un puñado de grupos punk han elogiado sus modos, cons endas canciones como "Nobleza obliga" y calificándolo como el "Sid Vicious de la aristocracia".

Carolina, acostumbrada al estrés pero no a Ernesto, llegó a perder pelo con tal corona real: lo habían interceptado en Francia conduciendo a 211 kms por hora y, en 2004, fue condenado a indemnizar a aquel hostelero agredido con 445.000, finalmente la mitad; desde el divorcio de la amiga de Carolina, la vida monegasca del príncipe ha brillado en los juzgados y por su ausencia: La boda de los príncipes de Asturias no ha sido la más notoria de éstas, el pasado septiembre no asistió a la de su cuñado y príncipe reinante de Mónaco, Alberto II, con la surafricana Charlene. Al poco se lo fotografiaba comprometidamente en el sureste asiático, lo que ha animado a Carolina a hacer la maleta; pero una vez con distancia de por medio, nadie cree que haya más separación que la física. No es momento de gastos ni escándalos. Ni de alimentar la maldición monegasca.

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