Ciencia

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Cómo engañar a la máquina de la verdad

Un taller de la Universidad de Comillas indaga en el funcionamiento del polígrafo y analiza las respuestas del organismo para ver si es posible mentir sin ser cazado

Día 11/11/2011 - 11.38h

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Vas a decir una mentira. Y no quieres que nadie lo sepa. Pero tu cuerpo te delata: el corazón empieza a latir con más fuerza, tus manos rompen a sudar y tu respiración se entrecorta. Aunque las evidencias físicas de alguien que no dice la verdad son imposibles de controlar, tal vez la expresión de tu cara sea tranquila y consigas evitar ser descubierto.

Con el objetivo de desenmascarar a los mentirosos, la ciencia puso en marcha hace casi ya un siglo el uso de polígrafos, unos instrumentos que, mediante la medición del cuerpo humano, permiten reconocer las evidencias en el cuerpo que ponen al descubierto la falsedad.

«Sabemos que la mentira deja huella física», afirma Rafael Jódar Anchía, profesor de la Universidad Pontificia de Comillas. Y esa marca es lo que mide el polígrafo. Aunque matiza: «Tenemos que saber que la persona está mintiendo para que aparezca la huella».

Ahora bien, ¿se pueden contener las emociones para evitar ser descubierto? Es lo que se pregunta esta semana el profesor en el taller «Descubre la reacción psicofisiológica de la mentira», dentro de la Semana de la Ciencia, en el que destierran leyendas urbanas sobre la mentira y se apunta como única solución la ciencia que subyace a la popular «máquina de la verdad».

Nadie puede evitar el mecanismo corporal que se desata cuando alguien miente. Pero sí que puede ocultarlo conociendo el modo de funcionamiento de este aparato.

Cuando alguien se somete a la prueba del polígrafo, está midiendo los pálpitos de su corazón, el ritmo de su respiración y, sobre todo, la conductividad de su piel o -lo que es lo mismo- la cantidad de sudor que emite su cuerpo después de una pregunta. Un ordenador monitoriza todos los datos en pantalla y permite detectar los patrones que diferencian la verdad de la mentira.

Mediante una serie de preguntas «de control» (¿vives en Madrid?, ¿tienes coche?, ¿te llamas María?), el experto reconoce la huella en pantalla que deja la contestación verdadera a las preguntas, para luego compararlas en el ordenador con las respuestas a las preguntas comprometidas. De este modo averigua si está o no mintiendo.

Vías para el «engañar» al polígrafo

Pero el polígrafo no es infalible. De hecho, en España no puede ser utilizado en procesos judiciales por su relativa «baja fiabilidad» (acierta en un 70% de los casos), apunta Rafael Jodar. Porque en ocasiones no identifica las mentiras.

Muchos han intentado engañarlo a lo largo de la historia. Uno de los casos más conocidos es el del espionaje cubano, que hace décadas enseñaba a sus agentes a «confundir» al polígrafo si se tenían que enfrentar a él cuando eran capturados.

Al ser imposible ocultar los sentimientos que el cuerpo emite cuando miente, los espías aprendían a distorsionar las preguntas de control, con las que luego se comparaban las cuestiones cruciales: en la fase de control, intentaban responder modificando sus emociones mordiéndose la lengua o dañándose empleando pequeños pinchos ocultos en el pie.

Sólo existe un tipo de personas que pueden llegar a engañar al polígrafo en la fase de las preguntas decisivas: son las que sufren algunos transtornos psicológicos que les configuran un sistema emocional distinto al del resto de humanos. Las mentiras que ellos pronuncian dejan una marca distinta, que no es reconocible por la máquina.

Usos beneficiosos del polígrafo

La «máquina de la verdad» no sirve solo para cazar la mentira. También puede ser utilizada para conocer mejor nuestras emociones y aprender a controlarlas gracias al «biofeedback», es decir, fijándonos en los resultados que arrojamos en pantalla y, con ayuda de un especialista, aplicando técnicas para, por ejemplo, relajarnos ante un alto grado de ansiedad.

Además, el polígrafo se emplea en cualquier investigación psicológica que mida el efecto de un estímulo sobre nuestras reacciones afectivas (por ejemplo, sobre la percepción, la atención o el aprendizaje), ya que poseen componentes que se activan por el sistema nervioso autónomo, del que no tenemos control pero sí puede ser medido por este aparato.

En la actualidad existen empresas que se especializan en estos usos. Y, excepcionalmente, también se puede utilizar en investigaciones sobre la credibilidad del testimonio.

Cómo funciona un polígrafo

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