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Ciudad Real / DESDE EL ALCANÁ

La cruz de los ángeles

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Día 06/11/2011

Se trata, sencillamente, de una novela magistral: la última de Antonio Lázaro, recientemente publicada. Y no es la opinión del crítico que no soy, ni la del amigo que, en caso contrario (me refiero a la calidad literaria), habría callado discretamente haciendo mutis por el foro. Es el criterio de un lector de a pie.

El tema mítico-religioso de la cruz de Caravaca, aparecida «milagrosamente» —traída por dos ángeles— en la Alcazaba del bellísimo pueblo murciano en 1232, momento singular de España con tres culturas y tres religiones, tan lejanas y tan poco dispares a un tiempo, que se disputan la hegemonía del mismo dios, «único y verdadero», todo ello vivido en complicidad con el tiempo, a partir de la desaparición «misteriosa» de la santa reliquia durante los Carnavales de 1934, pone a toda máquina la formidable imaginación, así como la admirable técnica novelística de Lázaro, cuya personalidad de gran escritor se hace cada vez más patente.

Antonio toma el caso llevándolo al terreno de su estilo peculiar, a su forma depurada en el manejo de los hilos de la novela negra y policíaca, mezclando estas facetas en la dosis debida con el sugerente armazón del gran humanista, capaz de unir en precioso baile de gala a la esquiva Ághata Chistie con un Shakespeare exquisito y romántico, al tortuoso Lovecraft con la gentil princesa Dulcinea del Toboso, señora del corazón de don Quijote.

Por cierto, que la trama urdida por Lázaro contiene afortunadas alusiones cervantinas, quedándonos con las frases que el protagonista, Bruno Danpierre (famoso escritor/sagaz detective), dirige a un mendigo ilustrado que «trabaja» a las puertas de la iglesia valenciana de San Nicolás. He aquí el breve cruce de palabras: «-Escucha, yo soy templario… -Ah, responde Dampierre. –Ayudamos al débil: niños, mujeres, oprimidos. -¿Cómo don Quijote? –Algo así…Oye, ¿no te estarás quedando conmigo? –En absoluto. Para mí, el Quijote es una de las cosas más serias e importantes del mundo».

La ingeniosa urdimbre para recuperar el mítico relicario de Caravaca, se desarrolla principalmente en el marco de un crucero por el Mediterráneo, donde no solo acaecen sorpresivos hechos policíacos. En cada atraque del «Blue Ocean», que parte de Valencia —Costa Azul, la Toscana, Roma, Menorca—, vamos gozando casi físicamente de Mónaco cinematográfico, Florencia poética, El Vaticano luminoso y subterráneo, Roma ensoñadora, Menorca ancestral y acariciante… Con su historia, su leyenda, sus monumentos, sus calles, sus gentes, sus rincones, sus yantares, sus vinos singulares. Tiene presencia, color y sabor semejante lectura.

Es una gozada el relato-intriga: violencia, diplomacia, amor, misticismo, superstición, bondad, crueldades, egoísmo, intereses, ingratitudes en un ambiente dulce horriblemente contaminado. Escenas de ternura y de espanto manejadas por un malabarista del idioma fuertemente equipado con la espada de los clásicos y el yelmo del humanismo. La despiadada lucha por alcanzar la presa símbolo religioso, también del poder y la gloria, cuyo fin no justifica en modo alguno los medios.

Teatro del mundo donde vemos que entre la Mano de Fátima, las Tablas de Moisés y la Vera Cruz, posiblemente no hay otra distancia que los signos externos de algo que no alcanzamos a intuir remotamente.

La sentencia de un personaje con título de obispo y apariencia de alto ejecutivo, para mi son clave en la novela y piden a gritos la presencia de mármol: «Vea cuál vulnerables somos los humanos. Mero barro animado de un soplo divino, que en cualquier instante puede cesar».

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