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La viuda del concejal navarro asesinado consigue que los etarras que se rieron de ella bajen la cabeza
Que la viuda del edil de UPN José Javier Múgica, asesinado en Leiza hace once años, llamara ayer «chicos» a «Txapote» y a los otros tres acusados de matar a su marido —«cabrones», según la juez Murillo— es una prueba evidente de que o es un ángel caído del cielo o que realmente todavía hoy sigue tomando tranquilizantes para sobrellevar su pérdida. «Claro que sí», respondió con resignación con un hilillo de voz cuando su abogado le preguntó ayer si seguía con tratamiento médico.
Era la segunda vez que esta viuda testificaba en la Audiencia Nacional, pues el juicio contra los presuntos asesinos de Múgica comenzó ayer de cero después de que la magistrada que reveló que estos cuatro etarras se habían reído de la víctima, renunciara a juzgarles para no poner en tela de juicio su imparcialidad. Pero lo que diferenció la actitud de Adoración Zubeldia, la viuda, respecto al miércoles fue que mientras que aquel día declaró detrás de un biombo —escondiéndose de sus propios miedos—, ayer quiso hacerlo a cara descubierta, enfrentándose a los culpables de su dolor. Mirándoles a la cara.
El concejal, en llamas
Adoración volvió a relatar entre sollozos cómo aquel 14 de julio de 2001 oyó una explosión en su casa justo después de que José Javier partiera hacia su trabajo. Se asomó entonces al balcón y vio su vehículo ardiendo. A cuatro metros, el concejal yacía boca abajo sobre unos arbustos. Le faltaba la pierna derecha. «Mi marido se estaba quemando a la vez que la furgoneta», volvió a decir ayer. La confesión, el año pasado, del etarra Juan Carlos Besance, reveló que fue Andoni Otegi quien puso la bomba en el coche, mientras el etarra chivato y Óscar Celarain vigilaban. El cuarto, «Txapote», fue quien dio la orden de atentar contra él. Los cuatro estaban ayer juntos.
Cuando Adoración terminó de declarar y el funcionario le ayudaba a caminar hasta la puerta, ella, en un susurro, preguntó: «¿Puedo mirar a estos chicos?». Se dio entonces la vuelta y fueron los diez segundos más intensos y emotivos de los vividos en la Audiencia Nacional en mucho tiempo. Andoni Otegi tragó saliva y esquivó su mirada (aprovechó su derecho a la última palabra para negar que se hubiera reído de la víctima); a «Txapote» se le vio incómodo. Y los otros dos bajaron la cabeza.
Al final de la mañana el fiscal elevaba 20 años más las penas solicitadas a los etarras al imputarles también un delito de estragos por los daños causados. El de Adoración, en concreto, no tiene reparación posible.




