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Si uno fuese impresionable, o agorero, o tertuliano, fácilmente podría arremeter contra el gobierno autonómico. No es el caso
—Anderson: «¿Conoces el chiste? ¿Cuánto hay que retrasar el reloj al entrar en Mississippi?»
—Ward: «¿Cuanto?»
—Anderson: (sonriendo) «Cien años»
(Del guión de Mississippi Burning, Alan Parker,88)
OCTUBRE y arde Galicia, arde casi como nunca, diríase que una vez más sin remedio. Si uno fuese impresionable, o agorero, o tertuliano de guardia, muy fácilmente podría arremeter contra el gobierno autonómico, volcando sobre él las conocidas acusaciones de imprevisión y negligencia habituales en estos desastres. No es el caso, antes bien, tengo para mí que aunque al frente de la Xunta de Galicia se hallase el mismísimo Franklin Delano Roosevelt, y sus miríadas de obreros New Deal, la cosa no hubiese marchado mucho mejor. Ya se sabe, difícil es poner puertas al campo, más aún es dar con un tipo perdido en el monte con una lata de bencina en la mano, si esta execrable acción se reproduce centenares de veces y casi simultáneamente, resulta obvio que no hay nada que hacer. No obstante, sí que hay aspectos de este enésimo desastre galaico que mueven a la reflexión.
Recuerdo muy vivamente aquel verano caliente de 2006. Cui prodest ¿A quién beneficia? Se preguntaban entonces en las páginas de los diarios locales muchos de nuestros célebres intelectuales de cuota y subvención. ¿A quién beneficia el fuego? Repetían en las radios, empleando ese inconfundible tono temblón e inseguro, tan propio de sicofantes y delatores. Parecían entonces muy satisfecho con el hallazgo argumental de la expresión Cui prodest, que los panegiristas oficiales del gobierno de entonces atribuían a los thrillers policíacos y no, como tal vez debieran, a la vieja y archiconocida convención legal de la que se fiaban los jueces romanos. Arrojar sobre la oposición política cierta sombra de criminalidad, puede no ser muy elegante, pero aparentaba parecerles muy conveniente y hasta una buena idea.
Estos días hemos visto la desoladora concentración de más de un centenar de fuegos en una sola provincia. ¿Qué podrán decir ahora? ¿A quien beneficia esta vez tanta desolación? La terca, la siempre obstinada verdad parece empeñada en negar la razón a los propagandistas. Galicia es el viejo Mississippi, una frontera donde todavía pervive soterrada la barbarie más ancestral. A veces, soñamos con ser canadienses, pero no es el caso. Como siempre, poco parecen tener que ver los detenidos por incendiarios con una supuesta trama política o económica. Los implicados más bien responden al perfil clásico ya conocido desde hace años: un anciano enajenado, una bruja novata, un bombero descarriado, bastantes gamberros adolescentes… Una auténtica «pandilla basura» de desgraciados varios, de cuya desordenada conducta sólo ellos mismos pueden dar razón al juez de guardia.




