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«Con nombres de calles como Ancha del Carmen, Estrecha del Carmen, Pasillo del Matadero, Plaza de Toros Vieja, Salitre, Cuarteles... ¿cómo no iba a convertirse el Perchel de Málaga en un territorio literario?»«En “Hostal Parisién” no hay tremendismo ni dramatismo; algo, por otra parte, tan andaluz»
Hostal Parisién¿es un plano detallado de la ciudad de la luz que es Málaga?
-Un plano detallado de mi infancia, más bien, y de las lecturas de juventud que, andando el tiempo, me convertirían en escritor. También es un mapa de Málaga, claro; pero de una Málaga que ya solo se puede visitar en el recuerdo.
-El barrio del Perchel es como su Macondo, su Celama, su Yoknapatawpha... ¿Qué queda de él?
-Un montón de fantasmas y cinco o seis nombres de calles: Ancha del Carmen, Estrecha del Carmen, Pasillo del Matadero, Plaza de Toros Vieja, Salitre, Cuarteles... Con nombres así, ¿cómo no iba a convertirse el Perchel en un territorio literario?
-¿El jabón Minerva era ideal para lavar heridas?
-Eso cuentan los que lo probaron, yo no lo sé. La fábrica de aceites y jabones Minerva es uno de los fantasmas convocados en Hostal Parisién. Allí trabajó como químico mi abuelo paterno, de origen italiano; en sus dependencias vivió con mi abuela, recién llegados ambos a Málaga desde Génova; y allí nacieron mi padre y algunos de sus hermanos. La Minerva era el hogar de la familia.
-¿Volaban las pelusas por ese hostal?
-Solo existen en la mente trastornada de su dueña, una mujer a la que la enfermad le ha devorado la memoria. Como ella es incapaz de recordar, su hijo recuerda por y para ella esta saga familiar que es Hostal Parisién.
-Qué tiempos aquellos en los que los veraneantes llenaban Torremolinos de vida y de billetes del Banco de España.
-Primero llegaron los veraneantes, luego los extranjeros y el turismo en masa, y de aquel pueblecito de pescadores hoy no queda más que el nombre.
-El viaje al antiguo y entrañable Torremolinos no es el único de estas páginas.
-También visitamos el Madrid de la Guerra Civil; y antes, Génova durante la Gran Guerra. Espero que los lectores no se mareen con tantos viajes.
-Descuide. ¿Esta novela es su nerudiano «Confieso que he vivido»?
-No. Es mi particular «Confieso que he mentido»: en Hostal Parisiénhay más mentiras que verdades, más ficción que realidad. O será que la verdad está tan distorsionada por la ficción que parece mentira. En el fondo, he actuado como los calamares, soltando tinta a mi paso, desdibujándolo todo.
-«Hostal Parisién» es más luminosa que sus novelas anteriores, menos claustrofóbica.
-Sí, da la sensación de que no la haya escrito yo. Incluso tiene sentido del humor... Bueno, mis anteriores novelas también tenían sentido del humor, pero era un sentido del humor bastante peculiar: me temo que solo lo advertía yo. O sea, que lo mismo no tenían ninguna gracia. Pero Hostal Parisiénes distinta, sí.
-¿Me dice que no la reconoce como suya?
-Me cuesta. En esta ocasión no me he desmelenado, que es lo que me gusta, o me he desmelenado menos. Es como si hubiera llevado muy tirantes, muy sujetas, las riendas del relato, para que no se desbocara. Aquí no hay tremendismo ni dramatismo; algo, por otra parte, tan andaluz.
-¿Morimos sin saber cuándo morimos?
-Más nos vale. Si lo supiéramos, nos moriríamos antes. De la impresión.
-«Hostal Parisién» es novela con banda sonora.
-A cargo de Nancy LaMott, una cantante norteamericana que murió demasiado pronto y dejó demasiados discos sin grabar. El álbum Listen to My Heart, al que pertenece la canción que da unidad a la novela, Not exactly Paris, es de 1995, pero yo he querido adelantarlo en el tiempo y trasladarlo a los años sesenta. Un pecadillo que me apresuro a confesar, antes de que alguien levante la mano y me señale con el dedo.
-¿El olor del mar nunca se despega de uno?
-Es curioso, sí: hay días en que Madrid huele a mar, o eso me parece. Algún golpe en la cabeza me habré debido de dar, seguro.
BLANCA
TORQUEMADA
VIRGINIA
RÓDENAS









