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La vida junto al río Grasse y la frontera con Canadá nunca ha sido fácil, pero ni las guerras con el voraz imperio británico ni el frío impidieron a los fundadores de este Madrid neoyorquino encarar el futuro con esperanza. Corría abril de 1802 cuando un equipo formado por supervisor, oficinista, topógrafo y fiscal de pobres, además de cobrador de impuestos-policía (este cargo iba unido, qué interesante), fundaron la urbe en homenaje a la capital española.
No lejos de otras cercanas, bautizadas Lisboa o Postdam. Entonces estaba de moda poner nombres europeos a los sitios, en vez de quitárselos, como ocurre ahora. Los primeros vecinos se dedicaron a la tala de madera o minería, pero en la actualidad los 1.800 residentes se ocupan en la agricultura —es una región de molinos y destilerías, como sabemos por los años de la ley seca, cuando gangsters y policías se enfrentaban a tiros sin cesar—, junto a construcción y servicios. Eso si el clima lo permite, pues nieva sin parar desde octubre a mayo y las temperaturas son extremas.
En invierno treinta bajo cero y en agosto los mismos treinta, pero en positivo y húmedo. Este «Mad’-rid», como piden que se pronuncie el nombre, situado a 44º 45’ y 44’’ de latitud norte y 75º, 7’ y 37’’ de longitud oeste, tiene más hombres que mujeres, 51 frente a 48. La gran mayoría son blancos, descendientes de irlandeses, franceses e ingleses, católicos y bien educados; tres de cada cuatro al menos con bachillerato. ¿Quizás ello tiene relación con que apenas un 6% están desempleados? Aunque este Madrid tiene Nueva York a 580 km. (unas siete horas de coche) y cuenta con una ciudad formidable como Montreal más cerca (190 km., a dos horas y media), las posibilidades de entretenimiento local son buenas. Sólo se aburre el que quiere.
Además de la excelente biblioteca Hepburn, fundada en 1917, el condado de St. Lawrence al que pertenece tiene cuatro televisiones, nueve radios y siete periódicos. El último fin de semana de junio, cuando el sol resplandece, se celebra el famoso «Madrid Bluegrass River Festival», dedicado a un estilo particular de country-jazz que convoca multitudes. Los valientes, que acampan una semana junto al río, pueden disfrutar de conciertos de la banda de bomberos y una iglesia organiza la fiesta de los helados. El que no lo soporte, que de todo habrá, puede escaparse del evento en un bus de la Greyhound: para eso estamos en América.



