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¿Hasta que muera un joven?

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Análisis

Día 02/10/2011

Si yo les contase que al llegar a trabajar a una empresa nueva para mí, en una ciudad distinta a la mía, soy recibida con una especie de ceremonia de «integración» que consiste, entre otras cosas, en que mis compañeros me rapen el pelo, me insulten, me «inviten» a lavarme los dientes con la escobilla del WC y a ponerme a cuatro patas para usarme de asiento o de mesa… Si les contase que, arrodillada, me meten un embudo en la boca y echan por él sangría o vodka hasta que prácticamente caigo sin sentido; que utilizan mi mano de cenicero y me tienen a su servicio el día entero, incluso la noche, para todo tipo de recados o caprichos que se les antojen… ¿qué pensarían?

Si, además, añadiese que aguanto con resignación todo esto porque es lo que se espera de mí, está socialmente establecido desde hace años, y superar la prueba supondrá la ansiada aceptación por parte de los nuevos compañeros… ¿qué opinarían? Esto es lo que está pasando en el ámbito universitario. Nuestros jóvenes son objeto, por parte de los llamados veteranos, de una «acogida» que incluye lo que acabo de comentarles y un sinfín de ¿bromas? que, en realidad, son crueles humillaciones. Lo peor es que todos miramos hacia otro lado y apenas hay denuncias.

Las cosas que les cuento, no son lo excepcional, son lo cotidiano. Hay, además, una especie de rivalidad entre los veteranos de colegios mayores (lugares donde residen los estudiantes) para ver quién hace la novatada más «original». Los tiempos de ponerte un cuño en la frente o los zapatos del revés, han pasado a la historia. La pérdida de autoridad, la falta de límites y la práctica desmesurada del botellón como principal medio de ocio de los jóvenes, han convertido las novatadas en un tipo de maltrato; así, sin «paliativos». Si, en palabras de J. Sanmartín, consideramos la violencia como «toda acción u omisión intencional que causa daños a terceros». Díganme, ¿de qué estamos hablando?

Los novatos no pueden defenderse en ese espacio de falta de libertad donde oponerse significa sufrir duras represalias o la exclusión del grupo de iguales, por débil, cobarde o chivato. Allí, el valiente es el que aguanta. Por lo tanto, los pocos padres que conocen la magnitud del asunto, obedecen a las peticiones de sus hijos de no hablar o denunciar. Al fin y al cabo, las novatadas duran un periodo de tiempo limitado y luego nos olvidamos.

Hay, además, una gran permisividad social. Mientras consideremos las novatadas como algo normal por lo que hay que pasar para hacer amigos, las cosas no van a cambiar. Lo mismo ha sucedido con otros tipos de maltrato.

La cuestión se hace crónica cuando los novatos, tras haber pasado la dura prueba, son admitidos en el grupo, habitualmente en una gran fiesta de ¿hermandad? y empiezan a desarrollar una especie de síndrome de Estocolmo, simpatizando con los agresores y acumulando resentimiento y ansia de venganza hacia los inocentes futuros novatos. Es una de las pocas situaciones en que los jóvenes son capaces de diferir tanto la respuesta.

El problema, y la solución, nos atañe a todos. ¿Hasta cuándo hay que esperar para actuar?. ¿Hasta que, como ocurrió con el «bullying», muera algún joven?

LORETO GONZÁLEZ-DOPESO ES PSICÓLOGA Y PORTAVOZ DE nomasnovatadas@hotmail.es

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