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Cuando alguien entra en la galería Oliva Arauna, en Madrid, tiene la impresión de ser un adiestrador de leones... Y de arte. Porque enfrentarse al último trabajo de Adriana Molder (Lisboa, 1975), En la casa del León, supone un pulso entre cada pintura y uno mismo, entre cada león y uno mismo. A modo de una metamorfosis kafkiana, la portuguesa presenta una serie de personajes, a priori humanos, que se han «leonizado». El punto de partida para la artista está en un dibujo de Odilon Redon y, sobre todo, en un cuadro pintado por Pietro Longhi titulado Il casotto del Leone –en castellano, «La casa del león»–.
Según las leyes de lo verosímil
Redon afirmaba que toda su originalidad consistía en dar vida, de una manera humana, a seres inverosímiles y hacerlos vivir según las leyes de lo verosímil, algo que también intenta lograr la portuguesa en sus cuadros. Admirador de Edgar Allan Poe, influido por Darwin e ilustrador de libros de Baudelaire, Redon, precursor del surrealismo, tiene obras en los que el personaje es un híbrido entre un animal –un insecto– y un ser humano, por lo que, en cierto modo, la obra de Molder es una paráfrasis en tinta china, sobre papel translúcido y a gran escala, de algunos de los protagonistas de los trabajos de Redon.
Molder adopta la perspectiva del león de Longhi y observa y describe a los humanos
Mediante máscaras, disfraces, antifaces, sombras, humo y la mezcla de rostros –blancos y negros– y ojos rojos, Molder consigue narrar una ilusión intimidatoria donde lo cotidiano se convierte en extraño. Una situación en la que el observado es uno mismo, una especie de Gregorio Samsa que se empequeñece de un momento a otro.




