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Los últimos minutos de Troy Davis

El ejecutado en Georgia proclamó su inocencia ante los hijos de su presunta víctima: «Soy inocente. Yo no lo hice. Siento mucho su pérdida»

Día 22/09/2011 - 12.31h

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Troy Davis fue ejecutado a las 23.08 de la noche en Georgia ante la atenta mirada del hijo de McPhail, el policía que falleció en 1989, de cuyo asesinato se acusaba al ejecutado número 1.269 en EE.UU. desde 1976.

También asistió otro hijo de McPhail. No así la madre del policía, pese a que anunció que lo iba a hacer. Anneliese McPhail deseaba la muerte de Davis. Había esperado mucho, manifestaba esta semana, y solo así podría vivir feliz y tranquila. «Por supuesto». Asegura que no las últimas palabras del ejecutado no le pesarán: «Soy inocente. Yo no lo hice. No tenía la pistola. Siento mucho su pérdida».

Troy Davis fue condenado a muerte por el asesinato de un policía en 1989 y 22 años después ejecutado con una inyección letal. De nada sirvieron los intentos de última hora de su defensa, las dudas sobre su culpabilidad y las numerosas peticiones de clemencia.

Un reportero de AP relata que es la ejecución más inusual que ha cubierto. Fue alrededor de las 22.30 cuando un guardia se les acercó: «¿Listos?».

Fueron conducidos a una camioneta blanca, pasaron por varios controles de seguridad y les llevaron a un edificio situado en un extremo de la prisión. A la cámara de la muerte.

Cuando ingresaron en el recinto, los oficiales ya habían atado a Davis a la camilla. Una ventana de cristal con una cortina separaba a Davis de los testigos, unas veinte personas repartidas en tres filas de asientos. El condenado a muerte no había tomado su última cena ni tomar el calmante para no sufrir tanto en sus últimos minutos de vida.

En el momento de pronunciar sus últimas palabras miró a los ojos a los hijos del policía McPhail. Uno de ellos no le aguantó su mirada, cosa que sí hizo su hermano, que se echó hacia delante en su asiento. Después de proclamar su inocencia pidió a sus familiares a seguir buscando pruebas que demostraran su no culpabilidad.

Mientras toda la atención se centraba en la suerte de Davis, se llevaba a cabo otra ejecución con inyección letal en Texas, la de Lawrence Russell Brewer, de 44 años y un racista radical que consideraba superior la raza blanca.

En Georgia, Davis parpadeó rápidamente en sus últimos segundos de vida. Apretó los ojos y la cortina se cerró.

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