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El 11 de septiembre de 2001 fue un día de cielos despejados en el que el sol brillaba con fuerza sobre la ciudad de Nueva York y se reflejaba en las fachadas de las Torres Gemelas. Ayer, cuando el reloj marcó la hora en la que hace una década un avión se estrelló contra la Torre Norte no había una sola nube en el cielo de Manhattan, el sol resplandecía y sus rayos reverberaban en las cristaleras que recubren las aproximadamente 90 plantas construidas de la Torre de la Libertad, el nuevo número 1 del World Trade Center.
Unos minutos antes de ese instante había comenzado la ceremonia de conmemoración del décimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre, fecha en la que 19 miembros del grupo terrorista Al Qaida, liderado por el hoy desaparecido Osaba bin Laden, secuestraron cuatro aviones que acabaron estrellados en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania. Los familiares de quienes perdieron la vida aquel ominoso martes estuvieron acompañados por autoridades de la política de EE.UU. liderados por el presidente, Barack Obama, el entonces presidente George Bush; y el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg.
«Diez años han pasado desde que una perfecta mañana de cielos azules se convirtiera en la más oscura de las noches. Desde entonces hemos vivido entre luces y sombras, y aunque nunca podremos ocultar lo que aquí sucedió, podremos observar todo aquello que ha ocurrido para honrar a quienes amamos y perdimos», relató Bloomberg durante la apertura del homenaje. Bloomberg, quien en el momento de los ataques estaba inmerso en la promoción de su candidatura a la Alcaldía de la ciudad, actuó como maestro de ceremonia, explicando que a lo largo de la mañana se leerían los nombres de todas las víctimas del 11S, incluidos los fallecidos en el Pentágono y en Pensilvania; además de los nombres de las seis personas que perecieron durante el primer ataque al WTCenter en 1993.
Amparo y fortaleza
Acto seguido fue el turno de Obama, quien escogió para la ocasión un fragmento del salmo 46. «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque se deshaga la tierra, aunque se hundan los montes en el fondo del mar», recitó el presidente en la que fue la primera parada de una ruta que lo llevaría a lo largo del día a visitar Pensilvania, el Pentágono y por último Washington; acompañado en todas ellas de la primera dama.
Entre los asistentes también estaba George W. Bush, quien ostentaba el cargo de presidente de Estados Unidos cuando acontecieron los ataques. Bush, que acudió a la ceremonia después de haber participado el día anterior en la inauguración del Monumento Nacional al vuelo United 93 en Shanksville, leyó un extracto de la carta que Abraham Lincoln dirigió en 1864 a Lydia Bixby, una viuda de la ciudad de Boston cuyos cinco hijos lucharon durante la Guerra Civil, en la que varios de ellos perecieron. «Pido que nuestro Padre Celestial alivie la angustia de su dolor, y que solo conserve el apreciado recuerdo de sus hijos amados y perdidos, y el solemne orgullo que supone haber realizado un sacrificio tan costoso ante el altar de la libertad», recitó Bush.
La ceremonia sirvió también de inauguración del Monumento Nacional al 11 de Septiembre. El presidente, que permaneció en la ciudad menos de dos horas, tuvo ocasión de pasear entre sus árboles seguido por su esposa, George Bush y Laura Bush. Juntos se acercaron a la fuente en forma de cascada que ocupa el hueco dejado por la torre norte. Obama se paró a leer los nombres grabados en bronce que enmarcan la fuente antes de saludar cálidamente a los familiares de las víctimas.
Flores y banderas
Unos minutos después la plaza recibió al resto de familiares. Mientras unos se fotografiaban frente a las dos fuentes, otros imprimían en papel valiéndose de un lápiz el nombre de sus seres queridos. Al final de la mañana, los 2759 nombres grabados en las dos fuentes estaban rodeados de banderas, flores y otros recuerdos.
En los alrededores de la zona cero había cientos de personas viendo la ceremonia en directo gracias a las pantallas gigantes que la Alcaldía instaló para la ocasión. Entre los presentes, los aplausos seguían a las lágrimas cada vez que alguno de los familiares de las víctimas les enviaba un mensaje de recuerdo y cariño. «No he parado de echarte de menos. Me gustaría que mi padre hubiera estado aquí para enseñarme a conducir, que me hubiera visto graduarme y otras mil cosas que no puedo ni comenzar a enumerar. Espero poder hacerle sentir orgulloso de los hombres en los que mi hermano y yo nos hemos convertido», relató Peter Negron, quien perdió a su padre durante los atentados.
Los cuerpos de policía y bomberos de Nueva York, aquellos que componen el grupo conocido como los «primeros asistentes», aquellos que primero respondieron a la petición de ayuda enviada tras los ataques, no fueron invitados a participar en la ceremonia, aunque eso no les impidió acudir a las inmediaciones de la zona cero y homenajear a sus compañeros rodeados de «civiles». Miembros de equipos llegados de todas partes del país se paseaba por la zona vestidos de uniforme, aunque sin estar de servicio, y le pedían a los allí reunidos que se les unieran más tarde en una pequeña marcha que tenían planeada sobre el puente de Brooklyn.













