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Al Qaida extiende su legado de terror por África, Asia y Oriente Próximo

Al nuevo cabecilla tras la muerte de Bin Laden, Al-Zawahiri, se le acusa de ser el verdadero cerebro del 11-S

Día 11/09/2011

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Primeras luces del día en el cielo de Nairobi. Es el 7 de agosto de 1998 y Mohamed Rashed Daoud al-Owhali, un joven saudí de 21 años, se sube a una furgoneta camino de la Embajada estadounidense de la capital de Kenia. Pocos minutos después, la explosión del vehículo sacude las entrañas de la legación. Trece años después de aquel simple gesto, poco o nada ha cambiado en un panorama regional en el que decenas de grupos y facciones se refugian en sueños de yihad.

Es el caso de Al Qaida del Magreb Islámico, organización liderada por Abdelmalek Droukdel, alias Abu Musab. En 2006, Droukdel decidió que no había mejor forma de conmemorar el quinto aniversario de los atentados del 11-S que convertir a su banda en la franquicia de Bin Laden en el norte y oeste de África.

Y ciertamente no le ha salido mal la jugada. En los últimos tiempos, el grupo terrorista ha extendido su lucha al sur del Sahara y el Sahel donde la organización ha desplegado en los últimos años nuevas células que organizan campos de entrenamiento, redes de tráfico de armas, drogas y emigrantes clandestinos.

No es un caso aislado. Desde 2007, contagiado por los pingües dividendos que proporciona la guerra santa, el este del continente cuenta con su particular quebradero de cabeza: Al Shabab, considerada la rama de Al Qaida en el Cuerno de África. A día de hoy, este grupo somalí liderado por el clérigo radical Abu Zubeyr, cuenta con un millar de terroristas, apoyados de forma económica y logística por el Gobierno de Eritrea. Entre sus más «meritorias» acciones se encuentra el asesinato en julio de 2010 de cerca de 76 personas en Uganda, así como el actual impedimento a las organizaciones no gubernamentales para el despliegue de ayuda humanitaria en el sur de Somalia.

Fechorías que, al otro lado del Océano Índico, tienen su réplica en Al Qaida de la Península Arábiga, movimiento que integra a las facciones saudí y yemení de la banda. En apenas dos años, se ha convertido, por méritos propios, en el nido de la serpiente regional.

Médico y poeta en sus horas de asueto, Ayman al-Zawahiri conoce a la perfección la infamia yemení. El Departamento de Estado norteamericano le acusa de ser el auténtico «cerebro del 11-S», así como el responsable del ataque contra el «USS Cole» en Adén (Yemen), con 17 muertos. Aunque su principal tarjeta de presentación sea ya otra: líder de Al Qaida tras la muerte de Bin Laden.

Como su extinto gurú, en los últimos tiempos Al-Zawahiri podría haberse refugiado entre Quetta y Peshawar, un área tribal que supone casi un cuarto de la superficie de Pakistán y principal bastión de Al Qaida.

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