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Los buenos carteles me traen a la Feria de Valladolid. También me gustaría estar, este jueves, en Béjar, con Gonzalo Santonja, celebrando el centenario de «la ancianita», su venerable Plaza, en una ceremonia singularísima, en la que los diestros, vestidos de luces, portan a la Virgen...
Volvamos a Pucela, de gran tradición taurina: «relicario de Castilla», la llamó Corrochano. La coincidencia en un cartel de Castella y Perera no me parece oportuna porque los dos siguen una línea parecida. El público de Valladolid, sin embargo, disfruta con los dos: cortan tres orejas cada uno y salen a hombros. Como muchas veces, Ponce se lleva el peor lote.
No me han gustado los toros de Zalduendo, aunque los aplaudan: mansos, flojos, deslucidos; el mejor, el quinto; «se dejan» (horrible expresión actual) segundo y tercero.
Recibe Castella al segundo con buenas verónicas pero le aplauden más cuando se alivia por chicuelinas... Se queda muy quieto, aguanta, liga muletazos a un toro claudicante, que huyó a chiqueros. Estocada: oreja benévola. En el quinto, el único de verdad bueno, no nos libramos de las inevitables chicuelinas (Cañabate elogió una tarde sólo porque no hubo ninguna). Castella hace el poste en cuatro pases por alto, consigue series de derechazos y naturales, concluye con el arrimón. La estocada es desprendida pero el toro tarda en caer, muere como bravo: dos orejas. Ha demostrado Sebastián que está muy puesto.
El tercero, flojo, huido, es otro que «se deja» pero se apaga pronto. Lo recibe Perera con suaves delantales, hace un quite vistoso, intenta alargar la embestida y mantener en pie a un toro que flaquea. Pincha antes de la estocada: una oreja. En el último, en el que saludan Juan Sierra y Guillermo Barbero, sale Perera muy decidido: los pases cambiados, muy ceñidos, ponen la Plaza en ebullición. Aguanta parones, liga muletazos; cuando el toro se para, se mete entre los pitones. Aunque pincha, consigue las dos orejas, como su compañero. En vísperas de encerrarse con seis toros en Almendralejo, demuestra su gran momento.
A Ponce le toca el peor lote. Si el primero fuera de Victorino, diríamos que es una alimaña: huye, prueba, se queda corto, saca genio. Casi todo el escalafón lo hubiera pasado mal. Con su enorme facilidad, Enrique lo lidia, aguanta derrotes, le saca limpios muletazos: mucho más de lo que merecía. Pero no se estrecha, al matar. El cuarto huye a chiqueros, se duele, cabecea, topa, se desentiende de la muleta. Ponce insiste tanto que acaban pitándole. Mata mal. Como de costumbre, lo ha hecho todo bien, salvo matar.
Acusaban a Góngora, entre otras cosas, de su afición a los toros. Tenían razón. Asistió a unas fiestas reales en Valladolid y cantó «los toros, doce tigres matadores / a lanza y a rejón despedazados». No quiero yo tigres, pero toros encastados, sí. Hoy, no los he visto. Aunque «se dejen», se corten seis orejas y el público salga contento.
Vuelvo a Corrochano: «Si París bien vale una misa, Valladolid bien vale estas corridas poco divertidas que presenciamos...»



