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El mito necesitaba drogas, alcohol y excesos: la fórmula popularizada hasta la muerte por el rock y los 60. Pero el informe de toxicología halló que la muerte de Amy Winehouse no se amoldaba a ese paisaje de talento y autodestrucción. Según señaló en un comunicado la familia, los resultados «han confirmado que no había sustancias ilegales en el cuerpo de Amy en el momento de su muerte».
El veredicto contradice las versiones que surgieron poco después de que falleciera en su apartamento de Camden Town, al norte de Londres, el 23 de julio. Los supuestos testigos y amigos que citaba la prensa británica aseguraban haberla visto consumiendo y comprando «de todo» horas antes, «como para pasarse la noche de su vida», precisamente ella que había pasado demasiadas veladas así, cada vez más oscuras e impenetrables.
Nadie se sorprendió con estas versiones. La cantante de «Back to Black» había librado una larga batalla con las drogas y el alcohol, y en una de sus más famosas canciones, «Rehab», dejaba en claro que no pensaba aceptar ningún tratamiento. Pero en las últimas semanas muchos hablaban de un cambio en su vida, aun después del desastroso concierto en Belgrado que le obligó a cancelar su gira europea.
En su funeral, su padre, Mitch Winehouse, aseguró que su hija estaba atravesando uno de los períodos más felices de su vida después de superar la drogadicción y que estaba «todavía luchando» para vencer el alcoholismo. «Había completado tres semanas de abstinencia. Me dijo, “papá, ya tuve suficiente alcohol. No puedo soportar tu sufrimiento y el de toda la familia”». Al parecer quedaban aún unas copas. Según el informe hubo «consumo alcohólico, pero aún no se ha determinado qué papel cumplió en su muerte». El resultado final de la investigación se conocerá en octubre. El mito puede todavía tener la última palabra.








