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Música, baile y oración entre los sacos de dormir

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Aunque la mayoría cayó rendida tras un día agotador, muchos no durmieron en la noche de vigilia en Cuatro Vientos

Día 22/08/2011

Rendidos por el agotamiento de una jornada intensa y mecidos por las palabras de ánimo recién pronunciadas por el Papa, miles de jóvenes tendidos en sacos de dormir descansan bajo la penumbra en la vastísima explanada de Cuatro Vientos. Pero, a pesar del asfixiante calor soportado, del aguacero caído y de las emociones de la jornada, no todos duermen. La noche en el aeródromo es para el sueño, pero también para el baile, la oración, la conversación y el trabajo de los que hacen posible esta auténtica ciudad provisional.

Depende de la zona a la que mires en este campo de semillas de fe regado por Benedicto XVI, se distinguen también grupos que cantan y danzan en los más variados estilos. Porque la fiesta en Cuatro Vientos es internacional. Un grupo de tanzanos canta el «Hakuna Matata» al ritmo de sus bongos; varios mexicanos se divierten con unas coreografías mientras cantan «Que lo diga todo el mundo, ¿quién es el melonero?»; en otro punto una joven da requiebros flamencos al ritmo de un cajón en medio de un círculo de gente batiendo palmas...

A la una de la madrugada, la fiesta más animada está en el sector F4. «Yo soy español, español, español», celebran. Enseguida brota una bandera cubana y no tardan en unirse una de Colombia, otra de EE.UU. y una argentina, aunque el cántico recuerda ahora que España ganó el último Mundial de fútbol. «Esto parece un macrobotellón», se escucha decir a un chico, pero no es cierto, porque aquí no se ven borrachos ni más alcohol que el de unas cervezas.

Adoración al Santísimo

En el cuadrante D8, la vigilia de oración deja hueco también para algún que otro coqueteo adolescente entre aprendices de galanes italianos y unas jovencitas españolas. En otro grupo, hay intercambio de teléfonos entre risas y una chica teclea un número en su móvil mientras idea cómo volver a su zona «sin que me vea la monja».

Entretanto, en la quincena de capillas que rodean el perímetro se expone el Santísimo. Ante el sagrario, cientos de jóvenes prosiguen la adoración que Benedicto XVI realizó antes frente a la Custodia de la Catedral de Toledo. Un sacerdote, por cuya túnica asoman las zapatillas de deporte, confiesa a cuantos se acercan. Se redimen culpas en cualquier rincón.

La tormenta caída horas antes ha obligado a inspeccionar varias carpas que funcionan como oratorios. En algunas —la nueve y la diez, por ejemplo— han quitado la lona del techo. Están precintadas por la Policía, pero los fieles prosiguen con la oración detrás de la cinta. Muchos duermen alrededor. Quizá sueñen con esos tres segundos en los que el papamóvil cruzó frente a ellos o con la mirada del Cristo de aquel paso en el Vía Crucis. Quizá resuenen todavía las palabras del Papa con las que les anima a ser «valientes». O quizá el cansancio les impida soñar.

Una valla divide el aeródromo. Aunque tras ella estaba previsto que se alojaran los no acreditados, las previsiones se han desbordado, han tenido que entrar peregrinos en ese sector y no hay puestos para recoger la cena. Decenas de voluntarios les acercan bolsas con comida. Furgones policiales vigilan. «Parece la frontera entre México y EE.UU.», bromea una mexicana sin perder la paciencia.

El tiempo de espera en los urinarios ha bajado. Apenas hay colas. Ahora se han trasladado a un autobús donde se carga la batería del móvil... mientras se pedalea en una bicicleta. «Yo lo tenía al 12 por ciento y ha subido enseguida», exclama una joven a las tres de la madrugada. Sale un camión de mercancía, entran varios que recogen basura, despega un helicóptero. La actividad no se detiene ni un segundo a lo largo de la noche en este campamento de la fe. Pronto llegará el alba, y con ella las últimas horas de una Jornada Mundial de la Juventud que ninguno olvidará.

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